sábado, 13 de enero de 2018

EL ÁNGEL CAÍDO

A Johnn R. Cash

Cuando está todo dicho es mejor callar
y rezar para que el ángel caído
vista otra vez de negro

                                   si lo hace
buscará un billete de cinco
que ondeará al final del mástil
mientras sus manos rompen la noche
como olas contra las rocas del Big River
o un grito tras los muros de Folsom

dejaré entonces que los hombros cedan al crujido
y me suicidaré frente al espejo
por el mero placer de ver morir a un hombre

pero renaceré en cada surco de silencio
con el suave soplido en la nuca
que invoca el preciso abrazo de los párpados

todo ello siempre y cuando
el ángel caído vista de negro.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

PEQUEÑO BASTARDO (JIMMY)

El pequeño bastardo circulaba
a 89 kilómetros por hora
al llegar al cruce.

Jimmy vivió deprisa
y murió joven
pero dudo, sinceramente,
que dejara un bonito cadáver

aunque  ha quedado para siempre
fumando en camiseta interior
lanzando piedras a un burdel
y saltando, esta vez sí,
de un coche en marcha
al borde del precipicio.

Y ahora te toca elegir:

el secreto de la vida eterna
es dar a tiempo el salto;

el de la eterna juventud,
acelerar ahora
con el maletero lleno de fotografías
y una vieja chaqueta roja.


domingo, 24 de diciembre de 2017

LA SONRISA CONFUSA

Salieron de la librería buscando un lugar donde poder cenar a base de picoteo. Habían charlado largo y tendido con los libreros sobre literatura y futuros proyectos comunes, y D había comprado una novela de Camilo José Cela, otra de Aldous Huxley y, fruto de aquella charla, el librero le había regalado uno de los primeros libros de Javier Marías para mitigar el recelo que los artículos de opinión de dicho autor le provocaban. Por su parte, L compró la última publicación de un sello independiente de nombre difícil de escribir y casi imposible de pronunciar sin atrancarse, en cuya última página, y a la manera de la más contundente declaración de intenciones, confesaban a sus lectores que hubieran rechazado el manuscrito del que a la postre había sido uno de los libros del año tanto en cifra de ventas como a nivel de críticas (pactadas o, directamente, compradas, supongo).
Tras descartar un local que olía a queso (a ambos les gustaba el queso, pero, joder...) y dos o tres franquicias donde hasta las hamburguesas parecían precocinadas, dirigieron sus paso hacia el casco antiguo, donde esperaban encontrar alguna tasca con olor a frito que saciara sus expectativas. Por el camino divisaron una feria de libros antiguos en una amplia avenida. L quería esquivarla, tenía en la mesita de noche más de quince volúmenes pendientes y se había propuesto no comprar ni sacar nada de la biblioteca pública hasta haberlos leído todos, pero D insistió y, total, acababa de fallar a su propósito minutos antes, cuando sucumbió ante el último título de aquella pequeña editorial.
En apenas diez minutos D había comprado varios ejemplares de Asimov y Greene, así como El príncipe, de Maquiavelo. Por su parte, L volvió a caer al encontrar El castillo de los Cárpatos, una novela de Julio Verne que llevaba años buscando y, dicen, pudo ser la definitiva inspiración de Stoker para su Drácula. Una vez colmados los caprichos literarios de la jornada, y antes de encaminarse definitivamente al centro para cenar, D agarró un ejemplar de La verdad sobre el caso Savolta y dijo:
—Aún no lo he leído, y eso que La sonrisa etrusca me encantó.
La sonrisa etrusca no es de Mendoza —dijo L.
—¿Seguro?
—Seguro. Es uno de mis autores predilectos, tengo todo lo que ha publicado. La sonrisa etrusca yo juraría que es de Antonio Gala.
—No, espera, es de Sábato. Tengo Sobre héroes y tumbas y lo mencionan en la solapa.
—Pues tal vez, aunque yo juraría que es de Antonio Gala.
—¿Paco Umbral?
—No. ¿Muñoz Molina?
Un hombre que miraba libros cerca de ellos carraspeó, tocó en el hombro a D y dijo en voz baja y sonriendo:
—José Luis Sampedro.
—¡Joder, sí! —exclamaron como si acabaran de resolver la Teoría del Todo—. Muchas gracias.
El hombre siguió su camino y D y L el suyo.
Nunca supe quién era aquel hombre, pero sí que aquellos que no lograban dar con el nombre del autor de una de las más populares novelas jamás escritas en lengua castellana eran un escritor y su editor. Lo sé porque yo era el editor. Pero es que... ¡Cómo imaginar que un tetrapléjico con un bolígrafo en la boca podría escribir algo de tal calibre!



sábado, 23 de diciembre de 2017

AHORA QUE LA GENTE PARECE FLORES AL FIN

Cuando era un borracho y lloraba por todo
hacía la compra en la gasolinera:
pan de molde, fiambre,
dos paquetes de Lucky Strike
y latas de cerveza de una marca impronunciable.

Nunca supe, ni me importó,
quiénes eran Chemical Brothers, Linking Park
o los Gallaher, y es más que probable
que haya escrito alguno mal.

Escuchaba tus problemas
antes de que estuvieran de moda
y me encerraba en el baño a vomitar
cuando te ibas

tus hijos
tu hipoteca
tu negocio de zumos naturales con leche de soja
nunca me importaron
y la Nochevieja que caí por el hueco de una escalera
supe que iba a ser un buen año
y lo fue
aunque mis manos sangraron
abiertas de tanto esperar.

y ahora que la gente
parece flores al fin
tengo tiempo
de centrarme en lo importante:

la eternidad es la suma de todos
los domingos de agosto
un movimiento continuo de diástole
frente a un espejo que vierte
sonidos al abismo

es un billete entre las cuerdas
de la guitarra de Johnny Cash
es la puerta siempre abierta
del lado frío de la almohada
perder la mirada
sobre el rostro demacrado de Bukowski

y aún diría más
si quisieras escucharme
pero sé que cierras a las siete
y no seré yo
quien te haga llegar tarde a casa.


jueves, 16 de noviembre de 2017

CARRERA CON EL DIABLO

Tenía 15 años como 15 latigazos
las uñas de gato, la chupa de cuero
y la mano con forma de litro de cerveza

pero abría el balcón sin hacer ruido
(mis padres no sabían que fumaba)

dos infartos del viejo convirtieron
el tabaco y el alcohol en tabú
y a las cinco de la madrugada
tocaba pelarse los huevos de frío
para inhalar el ansiolítico rubio americano

bajo el crujir de un Lucky sin boquilla
pensaba en el futuro y
aunque normalmente proyectaba
sólo tres o cuatro días
decidí mirar más allá de los tejados
donde empezaba a clarear
hacia aquello que llamaban ‘el día de mañana’
y supuestamente debía preocuparme

por más que para mí un intangible
no era más que una suerte de superstición
la realidad es que algo esperaba al final del camino
si no para entonces
ya hubiera logrado aquello de
vive deprisa y muere joven

y allí estaba yo
viendo apagarse una anaranjada colilla en caída libre
mientras me ponía otro cigarro en la boca

tenía por entonces,
como dijo aquel letrista
el Demonio a mi derecha y a la izquierda
                                                           un angelito
y a dos años vista de la universidad
tiraban de mis brazos para hacer de mí
el último rebelde o un número más

entrar borracho a clase para escuchar
a la de historia cantar mi sobresaliente
Dios…
era como operar a corazón abierto
a mi peor enemigo
y dejarme dentro la gasa, unas pinzas
                                               y dos o tres revistas
pero siempre fui de extremos
dentro de ese breve siempre que es
                                               la adolescencia
y decidí que era el momento
de cerrar algunas bocas

30 horas semanales
una cafetera llena y la luz azul de un flexo
y después quemar las horas
y esnifar las brasas

han pasado más de 25 años
y mi demonio y mi angelito
ahora beben juntos
            y brindan por mí

aquel amanecer
sobre el frío de mis huesos
bajo el sonido de los primeros pájaros
y los últimos camiones de basura
y entre el olor a nicotina y alquitrán
comenzó mi particular carrera con el Diablo

y no porque le fuera huyendo
sino para llegar al infierno antes que él
sacar de nuevo las uñas
y gritar a los nueve círculos:

¡arrodillaos ante quien una vez
fue el adolescente más anciano de la tierra!



martes, 10 de octubre de 2017

DEJA ALGO PARA LOS DEMÁS

No podía permitirlo, y menos llevando tan sólo dos semanas en el trabajo. De hecho, era una situación tan absurda y surrealista que llegué a pensar que me ponían a prueba para estudiar la reacción del nuevo. El caso es que allí estaba yo, el nuevo enterrador, y allí, a escasos metros de mí, ellos dos. Noche cerrada, tres de la madrugada. A ella no la veía bien, a él sí. Bueno, miento, veía su blanco trasero moverse arriba y abajo, adelante y atrás, fornicando sobre aquella lápida que no sé si sería de alguno de sus padres, abuelos, tíos o la primera que encontraron libre (todas lo estaban, como es lógico). Aquello me pareció repugnante, creo que jamás presencié tamaña falta de respeto. Y les juro que soy bastante abierto de mente. De hecho, para que vean que uno es tolerante, no corrí hacia ellos alzando la pala con gesto amenazante, sino que, reuniendo toda la sorna y el humor que la grotesca situación me permitió, grité con aire socarrón: “¡muchacho, deja algo para los demás!”. Imagínense cómo se me quedó el cuerpo cuando me respondió: “¡joder, ahí tienes la pala, sácate a otra!”.

[Relato finalista en el I Certamen de Relato Erótico Juguetitos para Adultos, octubre 2017]

miércoles, 12 de julio de 2017

UNA BALA DE CAÑÓN EN CADA VÉRTICE


CRUCE DE CAMINOS



A veces me pierdo y a veces me oxido

aléjame de la humedad
y del sueño y del cráter y del hombre
y de los cruces de caminos

tal vez soy el único decepcionado
antes brillaba
me invitaban a las cenas
a las bodas los bautizos las comuniones

pero un día desperté
abrazado a mi cadáver
—concurrida intemperie—
y el aire era tan denso
que de él me alimenté

desde entonces
la luna la lluvia la niebla los charcos
ya no me sorprenden
tampoco los necesito
ni el agua la fruta la carne la miel

de viajar en el tiempo aprendí
que perderse no es un problema
(el problema es que se pierda la máquina)

muerdo los barrotes
salto del vagón

            antes de que me pongan nombre.





UNA BALA DE CAÑÓN EN CADA VÉRTICE



Imagina un poliedro de infinitas caras
con una bala de cañón en cada vértice.

Un universo del tamaño de las uñas
se expande en los bolsillos del chaleco
es el eco de un adiós que vuela
a ras de olvido.

Como disciplinada marabunta
cargando santas cáscaras en procesión
así apagamos el despertador cada mañana

luego los zapatos de ante azul
charol negro desde hace años
una canción de Mark Knopler en la radio
como brindis por los discos extraviados
                                               de Eddie Cochran
y una corbata de vistosos colores
con la que colgarnos              
de una vez y para siempre hasta mañana.