jueves, 16 de noviembre de 2017

CARRERA CON EL DIABLO

Tenía 15 años como 15 latigazos
las uñas de gato, la chupa de cuero
y la mano con forma de litro de cerveza

pero abría el balcón sin hacer ruido
(mis padres no sabían que fumaba)

dos infartos del viejo convirtieron
el tabaco y el alcohol en tabú
y a las cinco de la madrugada
tocaba pelarse los huevos de frío
para inhalar el ansiolítico rubio americano

bajo el crujir de un Lucky sin boquilla
pensaba en el futuro y
aunque normalmente proyectaba
sólo tres o cuatro días
decidí mirar más allá de los tejados
donde empezaba a clarear
hacia aquello que llamaban ‘el día de mañana’
y supuestamente debía preocuparme

por más que para mí un intangible
no era más que una suerte de superstición
la realidad es que algo esperaba al final del camino
si no para entonces
ya hubiera logrado aquello de
vive deprisa y muere joven

y allí estaba yo
viendo apagarse una anaranjada colilla en caída libre
mientras me ponía otro cigarro en la boca

tenía por entonces,
como dijo aquel letrista
el Demonio a mi derecha y a la izquierda
                                                           un angelito
y a dos años vista de la universidad
tiraban de mis brazos para hacer de mí
el último rebelde o un número más

entrar borracho a clase para escuchar
a la de historia cantar mi sobresaliente
Dios…
era como operar a corazón abierto
a mi peor enemigo
y dejarme dentro la gasa, unas pinzas
                                               y dos o tres revistas
pero siempre fui de extremos
dentro de ese breve siempre que es
                                               la adolescencia
y decidí que era el momento
de cerrar algunas bocas

30 horas semanales
una cafetera llena y la luz azul de un flexo
y después quemar las horas
y esnifar las brasas

han pasado más de 25 años
y mi demonio y mi angelito
ahora beben juntos
            y brindan por mí

aquel amanecer
sobre el frío de mis huesos
bajo el sonido de los primeros pájaros
y los últimos camiones de basura
y entre el olor a nicotina y alquitrán
comenzó mi particular carrera con el Diablo

y no porque le fuera huyendo
sino para llegar al infierno antes que él
sacar de nuevo las uñas
y gritar a los nueve círculos:

¡arrodillaos ante quien una vez
fue el adolescente más anciano de la tierra!



martes, 10 de octubre de 2017

DEJA ALGO PARA LOS DEMÁS

No podía permitirlo, y menos llevando tan sólo dos semanas en el trabajo. De hecho, era una situación tan absurda y surrealista que llegué a pensar que me ponían a prueba para estudiar la reacción del nuevo. El caso es que allí estaba yo, el nuevo enterrador, y allí, a escasos metros de mí, ellos dos. Noche cerrada, tres de la madrugada. A ella no la veía bien, a él sí. Bueno, miento, veía su blanco trasero moverse arriba y abajo, adelante y atrás, fornicando sobre aquella lápida que no sé si sería de alguno de sus padres, abuelos, tíos o la primera que encontraron libre (todas lo estaban, como es lógico). Aquello me pareció repugnante, creo que jamás presencié tamaña falta de respeto. Y les juro que soy bastante abierto de mente. De hecho, para que vean que uno es tolerante, no corrí hacia ellos alzando la pala con gesto amenazante, sino que, reuniendo toda la sorna y el humor que la grotesca situación me permitió, grité con aire socarrón: “¡muchacho, deja algo para los demás!”. Imagínense cómo se me quedó el cuerpo cuando me respondió: “¡joder, ahí tienes la pala, sácate a otra!”.

[Relato finalista en el I Certamen de Relato Erótico Juguetitos para Adultos, octubre 2017]

miércoles, 12 de julio de 2017

UNA BALA DE CAÑÓN EN CADA VÉRTICE


CRUCE DE CAMINOS



A veces me pierdo y a veces me oxido

aléjame de la humedad
y del sueño y del cráter y del hombre
y de los cruces de caminos

tal vez soy el único decepcionado
antes brillaba
me invitaban a las cenas
a las bodas los bautizos las comuniones

pero un día desperté
abrazado a mi cadáver
—concurrida intemperie—
y el aire era tan denso
que de él me alimenté

desde entonces
la luna la lluvia la niebla los charcos
ya no me sorprenden
tampoco los necesito
ni el agua la fruta la carne la miel

de viajar en el tiempo aprendí
que perderse no es un problema
(el problema es que se pierda la máquina)

muerdo los barrotes
salto del vagón

            antes de que me pongan nombre.





UNA BALA DE CAÑÓN EN CADA VÉRTICE



Imagina un poliedro de infinitas caras
con una bala de cañón en cada vértice.

Un universo del tamaño de las uñas
se expande en los bolsillos del chaleco
es el eco de un adiós que vuela
a ras de olvido.

Como disciplinada marabunta
cargando santas cáscaras en procesión
así apagamos el despertador cada mañana

luego los zapatos de ante azul
charol negro desde hace años
una canción de Mark Knopler en la radio
como brindis por los discos extraviados
                                               de Eddie Cochran
y una corbata de vistosos colores
con la que colgarnos              
de una vez y para siempre hasta mañana.

viernes, 7 de julio de 2017

EL HOMBRE QUE MATÓ A LUJO BERNER

En París
en el año 1869
Charles Hermite
soñó que surfeaba.
Sueño inducido dicen
las malas pero sabias lenguas
por el embrujo del chamán que mandaba
sus hechizos desde más allá del tiempo.
Nadie vio nunca su rostro
una superstición del XIX
un avatar del XXI
Lujo Berner
un nombre
un ser.

Imaginen
surcar las olas
al compás de afilados
punteos de The Trashmen
y abrir los ojos en un siglo
en blanco y negro subtitulado.
¡Qué frustración no sentiría nuestro doctor
al tener que retomar aquella aproximación!
Pues su vida no era más que
el negativo de aquel sueño
el silencio tras el riff
la luz de las velas
el daguerrotipo
en gris.



Despertó
sintió el rencor
y puso fin a la ecuación:
cruzó restando al otro lado
y obviando todo lo aprendido
dividió por cero clamando venganza.
Logró de esta manera alcanzar el infinito
rompiendo el tiempo que cobija al enemigo
y desarrollando la fórmula a través
del tiempo en su curva extensión
dio con él en una playa
del mediterráneo
y con su ábaco
le golpeó.

Así
murió
Lujo Berner
el que nunca fue.
Pero a pesar de no haber sido
caló tan hondo su influencia que llevó
a nuestro prohombre decimonónico a cometer
el mayor (y único) crimen de su triste existencia
aunque nunca fue juzgado en vida:
las huellas quedaron más allá
de su tiempo y de su espacio
y pudo al fin dormir
dejando atrás
el oleaje.


viernes, 23 de junio de 2017

ANTE EL REY

El scalextric recogido
en lo alto del armario
la colonia de mi padre
una camisa de cuadros
                                   de mi hermano
los bajos del vaquero
doblados hacia fuera
y el cuello de la cazadora
levantado.

(Lo narro en presente
con la ilusa esperanza
de apagar algunas canas).

Recorro la ciudad sobrepoblada
de otros chicos de mi quinta
con sus walkman los addidas
camiseta de Caprabo
monopatines bicicletas canicas.

Llego al templo
el altar me llama al fondo

ilumino de miradas las portadas
levitando leyendo contemplando
viendo viviendo salivando

me decido por el rojo
que sujeto y levanto como ofrenda
casi me arrodillo
(estoy ante el Rey
y sé cuál es mi sitio).

Ayer fue mi cumpleaños
doce y subiendo
saco del calcetín un billete
rojo y arrugado
dos talegos, que dice mi hermano,
y algo me sobra, me lo guardo.

Vuelvo a casa
el Grial en una bolsa contra el pecho
paro en un semáforo
lo saco, lo miro,
(que me miren
que me envidien)
me parece ya escucharlo
y al llegar a casa
me encierro en mi cuarto

y lo hago girar,
y lo hago sangrar bajo la aguja
¡pobre chico de Memphis
sometido a acupuntura!

Y lo siento, lo disfruto
alimento para el alma
que degluto
vuelta y vuelta
y me traen de vuelta al mundo
sus nudillos en la puerta,

es mi madre
me han llamado unos amigos

esta tarde hay  un partido
contra la plaza de al lado,
pero esta tarde
yo no salgo.

sábado, 17 de junio de 2017

LA CUALIDAD ESFÉRICA

Hace unos días participé
en una lectura conjunta
de ‘Cien años de soledad’.
Pensaba en eso anoche
mientras veía el pressing catch
en internet

y mientras Dean Ambrose alzaba
su cinturón de campeón intercontinental
pensaba, también
que los polos presionan el globo
frustrando su cualidad esférica
y que si se hace camino al andar
también construye quien tropieza.

Y es que a veces la mayor incógnita
es saber si merece la pena
despejar la x.

Y tú,
sí, tú
que crees saberlo todo
déjame decirte algo:
el siglo XX terminó
el día que murió Chuck Berry.


lunes, 3 de abril de 2017

EL MEJOR CHISTE DEL MUNDO


                Eran casi las doce y la noche apuntaba a ser larga. Apenas veinte personas en el edificio. Si lo hubieran ubicado cincuenta metros más al norte se diría que estaba a las afueras. Pero no, quedó en una suerte de limbo urbanístico en el que simplemente podíamos decir que no era céntrico. Por uso, hora y situación reinaba el silencio. Opaco, casi húmedo, una suerte de niebla semitangible. Pero intermitente. No era un silencio continuo y absoluto. Un estornudo, un pitido advirtiendo la hora en punto de un reloj digital, el acelerón de un coche que, a pocos metros, tomaba o dejaba la autovía... Y en ese catálogo de invasores acústicos vinimos a ser nosotros quienes se llevaran el premio gordo y alguna pedrea. Nosotros, los tres. Mi hermano, mi primo y yo.
                —¿Café? —propuso mi hermano.
                Accedimos.
                Bajamos lentamente la escalera. Estábamos cansados, llevábamos muchas horas allí. Además, mi hermano arrastraba una severa cojera desde hacía años, lo que ralentizaba aún más el movimiento del grupo. Mi hermano era (y es) mucho mayor que yo. Nunca necesité pronunciar el consabido tópico «podría ser mi padre» porque los hechos hacían innecesarias las palabras: su hijo, mi sobrino, era (y es) dos meses mayor que yo. Mi cuñada dio a luz un siete de julio y mi madre me trajo al mundo el siete de septiembre del mismo año. Mi sobrino y su madre se habían ido dos horas antes y estábamos solos mi hermano, mi primo y yo. Y unas cuantas personas, no más de diez o quince, que no conocíamos.
                La cafetera estaba abajo, en el pasillo. El bar llevaba un rato cerrado. Mi hermano introdujo una moneda y pulsó el botón del café cortado.
                —¿Ahora hay que poner un vaso? —preguntó mi primo.
                —No, José Miguel —dijo mi hermano—: hay que echarse un sobre de azúcar en la boca y meter la cabeza ahí debajo.
                Acompañó la absurda respuesta con un gesto histriónico, arqueando el cuerpo, bizqueando y sacando la lengua. Mi hermano. Cojo, calvo, con la barba canosa más desastrosa que jamás se había visto y más de cincuenta años sobre sus cansados hombros. Mi primo y yo explotamos. Fue una carcajada en toda regla, nos acababan de contar el mejor chiste del mundo, o eso nos pareció. Eran las doce de la noche y llevábamos allí desde las doce del mediodía. Estábamos agotados, nos dolían las piernas y la espalda y necesitábamos ese momento de reconciliación con la existencia más que cualquier otra cosa.
                —Señores, por favor —escuchamos. Alguien nos llamaba al orden.
                Nos asomamos al hueco de la escalera y vimos, unos metros más arriba, a un guardia de seguridad serio y muy bien uniformado. Yo jamás había logrado planchar tan bien una camisa. Mi hermano jamás había logrado si quiera planchar una camisa. Desconocía (y desconozco) el currículum de mi primo a ese respecto. Hizo como que se ajustaba el nudo de la corbata y continúo diciendo:
                —Ya son mayorcitos, joder. Un respeto, que estamos en un velatorio.
                —Lo sabemos, somos los hijos del difunto —mi hermano.
                —Y yo el sobrino —mi primo, que aún no había logrado borrar el remanente de sonrisa que sobrevivió a la carcajada.
                —Disculpe, no volverá a ocurrir —mi hermano de nuevo, zanjando el asunto.
                Las doce horas de velatorio que habíamos dejado atrás (faltaban otras doce hacia delante) habían sido un frenético catálogo de llantos, abrazos, idas, venidas y algún amago de crisis nerviosa hasta hacía poco más de dos horas. A eso de las diez todos se fueron marchando, nuestros allegados y los de las salas vecinas, y nos quedamos los familiares directos de los difuntos bajo aquella densa y pesada cortina de silencio que tan oportunamente acabábamos de rasgar.
                Llenamos los tres vasos (finalmente los pusimos bajo el chorro de café, a pesar de las indicaciones de mi hermano) y volvimos a la sala 4 del tanatorio, segunda planta, la última a la izquierda. Aún con alguna irreverente sonrisa surcando nuestros rostros, más aún si nos mirábamos, nos sentamos en el sofá frente al cristal donde exponían al viejo.
                Me pareció verlo sonreír a él también.