martes, 23 de diciembre de 2014

RECOMIENDO (LECTURAS 2014)

He intentado hacer una lista de los diez libros que más me han gustado este 2014 que acaba (de los que yo he leído, no son necesariamente editados en 2014, de hecho pocas novedades hay), pero me ha sido imposible dejarlo en menos de quince.
Ya se sabe lo subjetivo que es esto de las listas. Yo sólo espero que si os animáis a leer aquellos que no conocéis, los disfrutéis tanto como yo.
Cada título lleva en el enlace a las opiniones de los colaboradores del blog Literatura + 1, en el que participo activamente, que lo han leído.
Y lo mejor, en cuanto a lectura, que me ha dejado este 2014 ha sido:

Huella jonda del héroe, de Montero Glez.
El sol de los Scorta, De Laurent Gaudé.
El lobo estepario, de Hermann Hesse.
La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq.
La peste, de Albert Camus.
Los amantes de Hiroshima, de Toni Hill (señalo éste, pero recomiendo la trilogía completa).
Los renglones torcidos de Dios, de Torcuato Luca de Tena.
La invención de la soledad, de Paul Auster.
La mano invisible, de Isaac Rosa.
Cuando la noche obliga, de Montero Glez.
La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, de Gabriel García Márquez.
Una pesadilla con aire acondicionado, de Henry Miller.
Mujeres, de Charles Bukowski.
El extranjero, de Albert Camus.
El cuaderno rojo, de Paul Auster.


domingo, 14 de diciembre de 2014

DUELE LA DISTANCIA

He pedido en el bar que quiten la foto. Llevaba más de dos años sin pasar por allí y se han sorprendido bastante al verme, ya no vivo en la ciudad. No lo tomes como una falta de respeto ni un intento por borrar el pasado, que llegó para quedarse. Simplemente me he sentido muy extraño al verla, ya no soy el mismo y supongo que tú tampoco. Puedes estar tranquilo, no ha terminado en un cubo de basura ni olvidada en un cajón. Ahora viste el salón de mi casa. Cuando me la han dado todos se han acordado de ti y de aquellos tiempos. Siguen diciendo que parecemos los rebeldes de Ford Coppola. La verdad es que lo fuimos.
Mi mujer rompió a llorar al verla, siempre duele la distancia. Bueno, aún no lo sabes, poco después de marcharte Silvia y yo nos sentimos muy unidos. Tu partida creó un vínculo especial entre nosotros y volvimos a intentarlo. ¿Recuerdas qué catástrofe la primera vez? Pues finalmente, y contra todo pronóstico, nos casamos hace seis meses. ¿Te acuerdas cuando me veías con mi sobrino en brazos y decías que algún día sería un padrazo? Pues el primero está en camino. Descuida, si es niño se llamará como tú. Lo ha decidido ella, después de todo tú nos presentaste y si no estuvieras tan lejos serías sin duda el padrino.
¿Cuánto tiempo pasábamos en la calle? Siempre decíamos que nuestras madres nos conocían de vista. Resulta curioso pensar que incluso Silvia me dijo una vez que dejara de ir contigo, que no eras una buena influencia. La verdad es que a pocos he conocido que tarden tan poco en liarse los canutos, y encima con una sola mano. Pedazo de cabrón, tú fuiste una de las causas de mi primera ruptura con ella (primero los amigos, ahí nunca te fallé) y, sin embargo, hoy ha llorado al ver tu foto. Eras un bandarra, pero siempre caíste bien a todo el mundo, a pesar de todo.
¿Te acuerdas de Carlos? ¿Cuántas noches nos amaneció a los tres con la cerveza en la mano? Hace años que no sé nada de él. Creo que es jefe de sección en unos grandes almacenes o algo así. La última vez que nos cruzamos apenas sí nos saludamos arqueando levemente las cejas. Iba con una chica, su mujer, supongo. Supe por terceros que se había casado. No estuve en su boda ni le reprocho que no me invitara, ya llevábamos mucho tiempo sin vernos. Tampoco yo soy partidario de esos ostentosos homenajes al pasado, sobrecargando las fotografías de los días más importantes de la vida con compañeros de colegio de los que apenas se recuerda el nombre. Todavía no me creo que los tres lográramos escaparnos a Madrid para ver a Carl Perkins con apenas quince años. ¿Qué dijimos a nuestros padres? Una acampada, o algo así. Y yo salí de mi casa con la chupa de cuero y las botas, qué desastre. Menos mal que fuiste ágil y cuando mi padre preguntó dijiste que antes habíamos quedado para tomar café. Creo que nunca se lo creyó, pero tampoco me volvió a sacar el tema y allí estuvimos viendo a la leyenda. Y menos mal, porque murió poco después: era aquella noche o nunca.
Mi padre murió hace siete años y se acordaba mucho de ti. Siempre me preguntaba por qué no iba nunca a verte y yo le decía que no sabía dónde estabas. Poco antes de irse al otro barrio me preguntó si te habías cortado el pelo ya. El pobre perdió la cabeza durante los últimos días. Mejor así, ni sufrió ni fue consciente de que se iba.
Al final el grupo se fue al traste. Creo que tu batería sigue en la cochera de Carlos. No sé, ya te digo que perdimos el contacto. Mi bajo y el amplificador también se debieron quedar allí. Tras lo de mi padre tuve que ponerme las pilas para terminar la carrera. El primer año todo el mundo me miraba al caminar por el campus con mis tracas y el cuello de la camisa levantado. Aún tenía las botas, pero les quité las espuelas no sé muy bien por qué, la verdad. Algo me obligaba a ser discreto. Presión de grupo, creo que lo llaman. Ya no os tenía, la muchedumbre me tragó y al final, poco a poco, la magia fue desapareciendo. Me recuerdo no hace mucho en pie, mirando el tablón con mi último aprobado de la carrera. Aquella mañana vestía unos zapatos marrones de lo más normal, un pantalón verde y un polo blanco. Quién me ha visto y quién me ve, ¿verdad? Ahora Silvia está encantada conmigo y yo jamás he querido a nadie como a ella. De todas formas aún conservo la camisa de leopardo colgada entre los trajes y amenazo constantemente con ponérmela cuando vengan sus padres a cenar. No se atreve a tocarla porque sabe que fue un regalo tuyo, pero ha tirado todos mis cinturones y camisetas de entonces. Lo que oyes: sólo me quedan los trajes del trabajo y un par de vaqueros y camisas de cuadros que me permite llevar los fines de semana, y aún así depende mucho de los planes que tengamos. La verdad es que no sé cómo pude enamorarme. Y mírame ahora, ya no entiendo la vida sin ella.
Como te he dicho, finalmente acabé la carrera y me va bastante bien. La verdad es que me toco los cojones a dos manos en el trabajo, y sólo los días que me digno a aparecer por allí. Con la excusa de ‘abrir mercado’ (suena bien, ¿eh?) y una cuenta de gastos casi ilimitada paso muchos días simplemente dando vueltas con el coche de la empresa y tomando cafés y copas de dos en dos para que las facturas simulen que estoy con un cliente. Me gustaría saber qué haces tú ahora. Un porro, lo sé, pero además de eso.
Aún tengo clavado en el alma lo ocurrido y creo que ese tipo de heridas no cicatrizan nunca, aunque Silvia siempre dice que tarde o temprano lo superaré. Que lo último que me escucharas decirte fuese aquella barbaridad es algo que apenas me ha dejado dormir durante los últimos años. Sé que sólo fue una broma que no supe entender sumada a mi tremenda facilidad para exagerarlo todo. Pero, y disculpa el reproche, tú tampoco estuviste muy fino ni oportuno, sabiendo cómo lo estaba pasando con mi viejo en el hospital y mi hermana viviendo con aquel hijo de perra. Quiero creer que, a pesar de todo, sabes que te tengo por un hermano. Supongo, y Silvia me lo recuerda constantemente, que el tiempo cura (casi) todas las heridas. Si llego a saber que ibas a marcharte sin despedirte ni dejar señas te hubiera llamado aquella noche para disculparme. Pensaba hacerlo unos días después. Imagino que no te pilla por sorpresa lo orgulloso y gilipollas que siempre he sido.  Quería que pasaran unos días, quizá para que reflexionaras sobre el daño que me habías hecho, ya sabes cuánto me ha gustado siempre ser el ombligo del mundo.
Hoy he pasado por el instituto. He bajado a la ciudad a ver a mi madre y a mi hermana. El hijo de perra se fue y sabe que si vuelve sólo tengo que hacer un par de llamadas para que se arrepienta toda su vida. Aún tengo mis contactos, sigue habiendo un gato callejero bajo el traje y la corbata, aunque mi mujer no lo sabe. He permanecido unos minutos en la escalera de entrada fumando un cigarro. Mi mujer tampoco sabe eso, creo. Supongo que el olor me delatará y que alguna vez me habrá encontrado un paquete de tabaco en algún cajón, pero se hace la despistada con lo primero y no puede decir lo segundo porque tendría que admitir que registra mis cosas. Me he sentido invadido por el recuerdo del día que volví de Barcelona, van a hacer ya quince años. Menudo susto os pegué. Me ha parecido incluso escuchar la guitarra de Miguel a lo lejos. Vaya verano, cómo supimos remontar el río del silencio. Me hubiera dejado enterrar por mis problemas, o algo peor, quién mejor que vosotros lo sabe, de no haberos tenido como amigos.
Tan intenso ha sido que no he podido evitar acercarme a ver a Miguel, sabía que aún vive en casa de sus padres. Ambos hemos roto a llorar al tenernos uno frente a otro, después de más de dos años. Sé que al verme te ha visto a ti. Siempre mantuviste unido al grupo. Cada cual tomó su camino a raíz de tu marcha. Él ha sido quien me ha dicho dónde estás y al fin me he decidido a escribir estas líneas y dejarlas en tu puerta. Llamaré y saldré corriendo.
El día que te fuiste fue el más duro de mi vida. Y yo pensando que ya lo había visto todo y había esquivado los peores baches del camino ¿Sabes que tus padres no se atrevieron a mirar debajo de la sábana? Fui yo quien identificó tu cuerpo. Al principio el juez no lo aceptaba al no haber parentesco sanguíneo, pero tu madre refrendó mi testimonio diciendo que era tu mejor amigo y que si te identificaba no había duda que eras tú.
Y volviste al congelador.
No podía encajarlo, no quería creerlo. El mismo que un año antes, cuando no éramos más que unos mocosos, vino corriendo a buscarme a la vía. ¿Recuerdas cuando lancé la mochila contra el tren? Creía que la vida no tenía sentido y, sin embargo, logré esquivarlo. ¿Por qué tú no?
No me atreví a mirar tu rostro aplastado, te identifiqué por la ropa. Hijo de puta, llevabas la camiseta que te traje de aquel concierto al que no pudiste venir. ¿Era tu forma de decirme adiós?
Yo también me despedí de ti. No habrás olvidado que todos los sábados por la tarde tomábamos cinco cervezas en el bar (elegiste incluso el día, mamonazo). Aquella tarde te senté a mi lado, sé que estabas allí, y tomé diez. Es curioso, no me emborraché y sólo una persona se dignó, o atrevió, a acercarse para hablar conmigo. Hoy estoy casado con ella.
Perdona que no haya venido antes. Siempre supiste lo que opino acerca de hablar con una piedra aunque lleve un nombre escrito. Cuando vuelva a pasar por aquí y no encuentre la carta porque ha sido arrastrada por el viento o deshecha por la lluvia me engañaré pensando que regresaste para leerla. Algún día volveré con Silvia, ella si cree en esas cosas y algo querrá decirte. Siempre respetó mi decisión de no saber dónde estabas enterrado y ahora que lo sé debo decírselo pues seguro vive imaginando ese desconocido lugar desde hace años.
Hoy me he replanteado muchas cosas. Cuando haya dejado estas líneas sobre tu lápida voy a ver a mi padre. ¿Sabes que media familia dejó de hablarme porque no fui al entierro? Incluso a Silvia le pareció exagerado y a poco estuvimos de terminar, pero como siempre estuvo a mi lado y acató mi deseo. Finalmente me he decidido a preguntarle a mi madre dónde está descansando el viejo y voy a pasar por allí. No llevo una carta como la tuya y, en principio, no tengo intención de hablarle al aire. Pero, por si acaso ¿quieres que le diga algo? Sé que me preguntará por ti.


lunes, 1 de diciembre de 2014

MIRANDO EL TELEVISOR APAGADO

1982 – Tengo 4 años.

Un hombre mayor, mucho mayor que los padres de los otros niños viene todos los días a comer, cenar y dormir. No habla conmigo, pero siempre me da un beso en la mejilla al llegar y me gusta el olor de esos besos, aroma que mucho tiempo después supe que se llamaba “a coñac”. Una mujer, también muy mayor, vive sentada frente al televisor, muy seria en el mejor de los casos, gritando y llorando casi siempre –para esto a veces se levanta-. Como el hombre mayor, tampoco habla conmigo pero, a diferencia de éste, jamás me besa. Eso no significa que no sepa demostrar su cariño, todo lo contrario, hay días que no me pega. Un hombre de mediana edad, con barba espesa, descuidada, la piel despellejada y cojera en su pierna derecha comparte habitación conmigo. Ni me habla ni me besa ni me pega, pero tiene la costumbre de orinar y vomitar en el espacio de suelo que queda libre entre nuestras camas. La mujer mayor suele entrar por las mañanas y al ver el estropicio llora y le grita a él. Pero me pega a mí.
La televisión, amigos y gente que conozco han intentado convencerme muchas veces de que el hombre y la mujer mayores son mis padres y el individuo de la barba mi hermano. Debo rendirme a la evidencia y admitir la razón biológica de tales afirmaciones: estuve en la barriga de esa mujer durante nueve meses por culpa de aquel hombre hasta que finalmente escapé y conocí al individuo que estuvo en su barriga varios años antes que yo. Pero no, no son mi familia. Sé lo que es una familia, lo he visto en películas y en casa de mis amigos y sé que no tengo familia. Una chica estudia fuera y viene los viernes. Se grita con mi madre, llora y se marcha el domingo después de comer. Creo que es mi hermana.

1984 – Tengo 6 años.

Ha sonado el teléfono y respondido mi madre.
-Diga.
-…
-Sí, soy su hija.
-…
-¡¿Cuándo?!
La miro. Ha colgado muy despacio y queda en pie, apoyada sobre la cama mueble que tenemos en el pasillo, sobre la que se encuentra el teléfono, mirándose en el espejo de la pared, aunque no parece ver nada. Me mira, gira lentamente y se encierra en la habitación de mi hermana. Vuelvo al salón a jugar.
Mi hermana sale de la habitación agitada, cargada de libros y libretas. Despliega el arsenal académico en la mesa de la cocina y sigue estudiando allí. Al dirigirme a la cocina veo a mi madre de espaldas a la puerta de la habitación, cara al balcón, con el rostro apoyado en su mano y convulsiones que indican claramente que está llorando.
Llego a la cocina.
-¿Qué le pasa a mamá?
-El abuelito se ha muerto –responde mi hermana.
Menos mal, pensaba que era algo malo.
Voy a la habitación a calmar a mi madre, a contarle todo lo que me han enseñado en el colegio, que se ve que ella no lo sabe, para que vea que no tiene de qué preocuparse o por qué estar triste.
-Mamá, no llores. El abuelo está en el cielo y eso es bueno.
Se yergue deprisa y el brazo en que apoyaba la cara pasa a más prácticos menesteres. Me rompe los incisivos superiores de un codazo y, aprovechando la cadencia del movimiento, suelta el antebrazo para plantarme un guantazo que me lanza por el aire y da con mi cabeza en el reposapiés de la cama.
No lo entiendo y jamás lo entenderé: ¿por qué se llama reposapiés si estos permanecen siempre sobre el colchón? Debe ser horrible clavar los tobillos en la madera.
En esas cábalas me encuentro cuando se levanta y, antes de abandonar la estancia, me propina varios guantazos más que no sé cuántos son en número, pero duran unos cinco minutos que dedico a recrearme pensando en lo afortunado que soy por el hecho de ser cierto el dicho ‘madre no hay más que una’. Dos como ésta ya me hubieran dejado en silla de ruedas hace mucho tiempo.

*****

No sé a qué se dedicaba mi padre. Trabajó durante cincuenta años, y una medalla da fe de ello en el salón, en la misma empresa, algo impensable hoy en día para quien no sea funcionario. Mas nunca supe qué puesto desempeñó. Oficina, porque vestía zapatos y camisa y llevaba maletín; pero jamás supe si personal, contabilidad o lo que entonces pudiera entenderse como informática.
Desde su prejubilación, y en riguroso dinero negro, ayudaba en el negocio de mi tío, el marido de su hermana. Se decía contable. Hoy conozco contables y desde luego mi padre no lo era: no sabía de la existencia de un plan general de contabilidad, ni elaboró balance o cuenta de resultados en su vida. Pero trabajaba en una mesa con sellos de caucho, calculadora, grapadora y, lo que lo más lo diferenciaba del resto, sabía leer y escribir.

*****

1986 – Tengo 8 años.

Estoy en una suerte de edificio público con mi madre. Intercambia papeles que no veo y palabras que no entiendo con una mujer que hay tras un mostrador.
-¿Dónde trabaja su marido?
-En Bazán –responde mi madre; respuesta que no me cuadra, porque algunos sábados voy con mi padre al almacén de mi tío, que él llama ‘el trabajo’.
-No mamá –interrumpo inocentemente -: trabaja en el almacén del tito.
-¡Calla! –grita mientras me da un tirón de la mano hacia abajo que por poco me saca el hombro del sitio. Me duele y empiezo a llorar.
La mujer tras el mostrador cambia el gesto. Algo no le convence.
-¡Siéntate ahí y no abras más la boca! –grita mi madre mientras me lanza con desprecio contra un banco junto a la pared. Me golpeo la rodilla con el banco y aumenta mi llanto. Por el dolor, porque no entiendo el trato que estoy recibiendo y porque sé que al salir me pegará. Me quedo llorando en el banco durante un largo rato en el que no sé dónde está mi madre y fantaseo con la posibilidad de no volver a verla nunca.
Ya se me ha pasado el llanto cuando aparece andando deprisa hacia mí con rostro serio, más serio de lo habitual, que ya suele serlo. Está enfadada.
Tengo miedo.
Me agarra de cualquier manera la mano y da otro tirón para arrancarme del banco y llevarme casi arrastrando hacia la calle. Continúa tirando malamente de mí durante un par de calles y cuando ya hemos dejado atrás el edificio del que salimos comienza a golpearme por toda la cara, la cabeza, me pellizca con furia los costados. Mi llanto se convierte en gritos que escuchan las muchas personas que pasan por nuestro lado sin hacer ni decir nada.

*****

Conducía camino a casa cuando un débil pitido escapó del bolsillo de mi camisa, acababa de recibir un mensaje de texto. Jamás respondo al teléfono cuando voy conduciendo y mucho menos me pongo a leer o a escribir mensajes, pero no sé por qué, tal vez por lo poco habitual que me resultó recibirlo un día entre semana a aquella hora, sentí algo extraño, un presentimiento. Aquel soleado y cálido día de mayo no podía deparar nada malo, así que aprovechando un tramo recto de carretera por donde prácticamente circulaba yo solo saqué el teléfono convencido de que alguien me traía buenas noticias.

De: Sister    Wed. 23/05   13:40

La mamá ha fallecido esta
madrugada.

Sonrío.

*****

1988 – Tengo 10 años.

Me han dicho que El Señor es mi pastor y nada me falta. En principio, lo doy por cierto.
En el amplio salón donde se imparte catequesis, palabra que jamás entendí, me siento en el suelo junto a mis compañeros, todos alrededor de don José, el cura. Se acerca la Navidad y nos cuenta una bonita historia sobre un carpintero y su mujer, María, se llama, a quién Dios escogió para tener a su hijo. Cuando termina don José nos anima a preguntar nuestras dudas.
-¿María y José eran buenos? –pregunta una niña.
-Claro que sí, guapa –responde el cura.
-¿Y nosotros tenemos que ser buenos? –pregunta un niño.
-Claro que sí, guapo –responde el cura.
-¿Exactamente por qué escogió Dios a Maria de entre todas las mujeres? –pregunto yo.
Don José titubea. Se frota las manos. Las separa. Mira a los padres, que permanecen sentados en sillas detrás nuestra, sonriendo con apuro. Carraspea y finalmente me responde.
-Pues no sé, la verdad, por qué precisamente a ella.
Me siento bien. No sé si es debido a ser el menor de tres hermanos y estar habituado a escuchar conversaciones que corresponden a edades superiores a la mía, pero sé que he ido un paso por delante de mis compañeros, que he planteado una duda seria e interesante habida cuenta que por entonces creía que alguna de esas gilipolleces podría ser cierta y pienso que cualquier padre se sentiría orgulloso de tener un hijo que manifestara tales inquietudes a esa edad. Me giro para recibir la mirada de complicidad y satisfacción de mi orgullosa madre.
No sé qué he hecho mal, pero está claro que me va a dar una paliza.
Tengo miedo.
Salimos de la parroquia a paso acelerado y sé lo que eso significa. No hablamos con nadie y ella me aprieta la mano con todas sus fuerzas, haciéndome no poco daño, mientras tira de mí como si arrastrara una pesada bolsa de basura. Siento presión en las sienes. Me flaquean las piernas. Se me revuelve el estómago. Nada puede empeorar la situación. Nada, excepto confrontar la inocencia de un niño que quiera dejar atrás uno de los peores momentos de su corta existencia (tan llena, por otro lado, de peores momentos) con la nula predisposición para razonar de un animal descerebrado que se alimenta de odio.
-¿Has escuchado mi pregunta, mami? He dejado a Don José sin respuesta ¿Eh? ¿Eh? ¿Eh?
-¡Tú vas a aprender a tener la boca cerrada!
No lo recuerdo. No es que no quiera, es que, sencillamente, no lo recuerdo. No sé si me dio con la mano abierta o con los puños cerrados; si además me pellizcó o me tiró del pelo; si me pateó; si llegué consciente a casa. Sólo sé que me arrastró por el suelo, pues las heridas de las piernas que no dejé de mirarme durante los dos días en que no pude moverme de la cama así lo indicaban.

*****

A lo largo (muy largo, demasiado) de su vida me ha pegado por pelearme con niños que me insultaban. También por no defenderme cuando lo hacían. Me ha pegado por caerme de la bicicleta y por llorar después de que me pegara después de haberme caído de la bicicleta. No hay herida que no me haya curado –madre no hay más que una- sin su correspondiente hostia por habérmela hecho. Me pegaba porque su madre murió en la Guerra Civil -¿por mi culpa?-, porque mi padre bebía mucho, porque estaba lloviendo y tenía ropa tendida y por absolutamente cualquier cosa que preguntara, con lo que ha hecho de mi alguien de natural poco curioso. Los mejores momentos de mi madre derivan de las peleas y si han prestado atención a todo lo expuesto, es fácil entenderlo. Imaginen que me peleo y el otro niño me hincha un ojo de un puñetazo que me tira al suelo, con lo que me raspo los codos al caer. Pues bien, esto son cuatro guantazos de mi madre: por pelearme, por no haber sabido defenderme –estos dos son de esas cosas que pueden hacer que el continuo espacio-tiempo se detenga y el universo implosione, pero nunca ha ocurrido hasta la fecha-, por la herida del ojo y por la herida del codo. Si tiene el día inspirado me cuela dos más: por llegar llorando y por llorar más a raíz de sus sopapos.
¿No es un encanto?

*****

Llego a casa poco antes de las dos. He salido de trabajar a la una y media y tengo la tarde libre por unas horas que mi jefe me debía. Levanto las persianas para que entre la luz del día, me pongo ropa cómoda y comienzo a calentar una cazuela de pasta con gambas y almejas que la mujer de mi jefe tuvo a bien traerme ayer a la oficina para que lo probara. Es una pequeña empresa familiar y suelen tener esos detalles conmigo, pues saben que soy huérfano y no tengo hermanos. Dada la curiosa casuística de mi familia y como a efectos prácticos realmente es así, dije que era hijo único y que mis padres habían fallecido, siendo cierto sólo lo de mi padre.
De mi hermano hace años que no sé nada, lo cual ni me gusta ni me disgusta, simplemente es lo que hay, y no sé cómo mi hermana consiguió mi número de teléfono y me manda algún mensaje en Navidad, mi cumpleaños y poco más. Creo que ambos tienen hijos, pero nunca he querido conocerlos.
No obstante hoy mi hermana me ha dado una de las mayores alegrías de mi vida –los mensajes navideños y cumpleañeros como que me la soplan, de hecho no suelo responder- y antes de seguir con este maravilloso día voy a responderle, para que me tenga por enterado de la buena nueva:

Para: Sister    Wed. 23/05   13:52

Ok. Si necesitas que firme algo
me lo dices. Si no, yo no pienso poner un pie ni en el tanatorio ni en el entierro.


Sonrío, aún más.


*****


1991 – Tengo 13 años.

Vuelvo del colegio. Abro la puerta y veo a mi madre en pie, al final del pasillo. No puede haber peor manera de empezar la tarde. Pienso qué inventará para hoy. Hace dos años que mis hermanos abandonaron el dulce hogar: a mi hermano lo echó por dejar embarazada a su novia –se conoce que llegar sistemáticamente borracho las madrugadas de diez años consecutivos no era motivo- y un par de meses después mi hermana se unió a una secta –teniendo en cuenta que estudió psicología pobre del traumatizado que se ponga en sus manos-. Cuando se fueron mi padre estaba jugando a los bolos, creo. Pero a los bolos cartageneros, esto es, tres pivotes muy finos en hilera, clavados en un campo de tierra con unos diez metros de separación entre cada uno, que hay que derribar lanzando una bola pequeña, más o menos como las de petanca. Nada de americanadas de esas que ahora están tan de moda, con sus grandes bolas relucientes y sus pistas enceradas. Mi padre era un tío auténtico.
Decía que pienso en las posibilidades para darme de hostias que baraja mi madre en este momento, pues si se ha levantado del sofá tiene que ser para eso y poco más. Supongo que al fin ha caído en la cuenta de que soy de su propiedad y no necesita excusas, por lo que sencillamente viene hacia mí y empieza a golpearme. Y no, sin motivo no lo voy a consentir. Dime que el nieto de Isabelita (la del segundo) saca mejores notas que yo o que ya te has dado por enterada de que tu marido se ve con otra (decisión que entiendo y respeto, por cierto), pero pegarme así por las buenas no te lo consiento. Eso ya es vicio.
Me zafo de ella, lanzo la mochila al suelo y la golpeo tres veces con los puños cerrados: dos en el estómago y la tercera en la cara. Disfruto con el sonido del último. No es un ‘plaf’ o un ‘plas’ como nos hacen creer los cómics. Es más bien un ‘plast’, acabado en ‘t’.
Cae al suelo sin sentido. La miro. Con desprecio. No he odiado tanto a nadie en toda mi vida. Me doy la vuelta y camino tranquilo, aunque con la respiración algo acelerada, hacia el salón. Me siento. Silencio. No se escucha una mosca en todo el edificio. Permanezco un rato largo, no me fijo cuánto, mirando el televisor apagado. Al fin mi madre se levanta. Cojeando y con una mano en el costado se dirige hacia el sillón donde ha quemado el ochenta por ciento de su existencia. En él estoy sentado yo. La miro y lo entiende. No rechista. Se sienta en otro sillón. Mira el televisor apagado. Permanecemos otro largo rato así los dos. Al final me aburro, voy a la cocina, agarro el plato con la deliciosa comida que había preparado para hoy (un huevo cocido aún con cáscara, una patata cocida aún con piel y una lata de atún sin abrir) y me encierro con ella en mi habitación.

*****

A partir de ese día comenzó una batalla de desgaste psicológico entre mi madre y yo que ganó ella por goleada e hizo que me fuera de casa antes de cumplir los veinte, al poco de morir mi padre, y diera con mis huesos en un psiquiátrico durante cinco años. Y debo ver el lado bueno, porque podría haber sido perfectamente la cárcel. Con mucho esfuerzo logré eso que algunos llaman ‘reinsertarse en la sociedad’ –que os digo yo que ni de coña es lo que parece significar, pero bueno-, y a día de hoy tengo un trabajo de mierda, pero trabajo, y vivo de alquiler en un apartamento que se cae a pedazos, pero es barato. Eso sí, desde aquel día y hasta que murió sola y abandonada tras pasar dos días en el suelo sobre sus propias heces, perfectamente consciente de todo ello, jamás volvió a ponerme la mano encima.



domingo, 2 de noviembre de 2014

AVANZANDO

En plena promo de 'Sin anestesia' (y lo que os queda por aguantar) nuevas ideas me desbordan. Llegarán nuevos relatos al blog, no sé si en días o meses, pero me pongo a ello ya porque me gusta y lo necesito, y porque pocas veces he sentido tanta ilusión por hacer algo.
Tras un bache personal, creo que la mejor manera de seguir adelante es tratar de buscar esa sonrisa que me echo a temblar cada vez que desaparece y, al tiempo, conseguir la vuestra con otro relato en la línea de mi irreverente 'Espuma de cerveza'. Pero esta vez no será un peculiar infeliz (que se ríe mucho, la verdad) en un bar, sino que será un peculiar infeliz (que se ríe menos, las cosas como son), que tiene la osadía de hacer algo que nadie más hace: ir a un aula de estudio… ¡a estudiar! Ensayo sociológico se avecina, oigan.
Además, no hace mucho que leí: 'contar una historia a un escritor es como abrazar a un carterista'. Por otro lado, hace unos meses, en un concierto, el cantante hizo un stop para una pequeña anécdota que me pide desarrollo desde entonces. Pues eso, atad cabos.
Y decía Charles ‘El Jefe de todo esto’ Bukowski que había que aprovechar la depresión. Pues hago caso al maestro (otra vez) y dejo el feeling de estos días en un termo que abriré a su debido tiempo. De un proceso parecido nació ‘Desnuda el alma, a vueltas con El Golem’. Esta vez, si las musas vienen a la hora adecuada, pueden salir dos historias, porque dos son los enfoques que puedo dar a una triste experiencia que, afortunadamente, ya se empieza a difuminar.
Tengo además un par de relatos de misterio abandonados desde hace mucho tiempo y creo que no es justo ni para ellos ni para mí. Por otro lado, aunque con otra identidad, los protagonistas de ‘El río del silencio’ pueden volver a las andadas.
Y que no falte ritmo ni swing. Habrá relatos por y para Django Reindhard y Freddie Mercury. Vamoooooooooo!!!
Los próximos meses van a ser mágicos y comienzan mañana por la mañana. Buenas noches a todos y recordad que leer es vivir dos veces.

Queda dicho a 2 de noviembre de 2014 ;)

domingo, 19 de octubre de 2014

RECTA FINAL

“Escribir no sólo es cosa de letras, como sonreír no es sólo cosa de dientes”. No hace mucho que leí esas palabras y decidí que la última entrada del blog previa a la presentación de mi primer libro versara sobre esa idea.
Para llegar hasta aquí, hasta hoy, explicando o simplemente contando cómo se forjó la obra, que nace de unir con cierto criterio (se titula ‘Sin anestesia’ por algo) una serie de relatos que vengo escribiendo desde hace años, debo partir de las palabras de mi paisano el académico. Y no, no me refiero a su sentencia más célebre (‘yo no tengo ideología, yo tengo biblioteca’), ni a mi predilecta (‘si se trata de marcar paquete, diré que soy de Cartagena’), sino a palabras que pronunció en una entrevista y jamás he visto escritas en formato cita: ‘yo no soy escritor, soy lector; escribir es la consecuencia’.
Sería muy fácil (y comercial) decir que siempre me apasionó la lectura y la escritura, que de pequeño me encerraba en mi cuarto a crear pequeños cuentos y que orienté mi vida académica a la pasión por las letras. Pero no, la única pasión que reconozco desde que tengo uso de razón es la música. Por lo demás, mi madre me torturó regalándome libros sabiendo que moría de envidia por los juguetes que recibían mis amigos –trauma que ha hecho que jamás haya podido leer ni ver ninguna película basada en ‘La isla del tesoro’, pues fue el regalo que recibí tras una semana llorando pidiendo un juguete que ya no recuerdo (el ‘autocross’, creo)-, me gustaba dar patadas a un balón y lanzar canicas en la plaza de mi barrio, el programa educativo del colegio e instituto me hizo relacionar indefectiblemente lectura con aburrimiento (a excepción de ‘Relato de un náufrago’, que leí de una sentada) y no fue hasta la universidad (ingeniería primero y empresariales después) que comenzó a acompañarme un libro cada noche. Eduardo Mendoza y Herman Hesse fueron los primeros en llamar mi atención.
Y es en la universidad, tras leer de corrido todos los libros que había en mi casa y en la biblioteca de la ciudad de los mencionados autores, cuando mi mente se rinde a la presión y surgen las primeras palabras escritas por mí: una novela en clave de (muy) irreverente humor, en la línea de ‘Sin noticias de Gurb’, pero mucho más gamberra, sobre mi primer año de universidad (llegué a unas 120 páginas y ha quedado olvidada en un disquete de los de antaño), y un relato largo (¿novela corta?) sobre el síndrome de Estocolmo que posiblemente retome próximamente. Muy en mi línea (tres carreras, si contamos el conservatorio, sin acabar) abandono ambos proyectos de la noche a la mañana y, ya puestos, a mi familia y desaparezco durante unos años. Estuve trabajando, para que os quedéis tranquilos.
Por razones económicas fueron muchas las temporadas que viví sin televisor, algo que hoy hago por voluntad propia, y la afición por la lectura se torna pasión. Vuelvo a sentir el efecto succión y la imperiosa necesidad de plasmar mis ideas y sentimientos en la pantalla (pues a día de hoy poco sentido tiene ya decir ‘sobre el papel’) y recuerdo una noche mágica con grandes amigos, lejos de mi ciudad y ante alguien que para mí era poco menos que un dios. Nace así mi primer relato: ‘Las lágrimas de Carl Perkins’. Dejando al margen la calidad literaria del resultado –que ha sido modificado varias veces hasta hoy-, aquello sirvió para saber que soy capaz de terminar algo y para que mucha gente (excepto mi familia) me animaran a seguir escribiendo.
Dicho relato (que puede leerse en mi blog, pues no aparece en ‘Sin anestesia’) fue el primero que acabé y colgué en la red, pero antes había plantado las semillas de ‘Carrera con el Diablo’ y ‘El río del silencio’.
El primero surge como un trabajo de clase de tercer curso de bachillerato, para la asignatura de historia. No voy a divagar ahora sobre cómo logré encajar a un icono del Rockabilly en dicho contexto, pero lo hice (con buena calificación, además) y, años después, lo rescaté para cercenar las cadenas académicas que coartaban la fluidez expresiva del texto y el resultado se convirtió en uno de mis relatos más emblemáticos.
El segundo es otra historia, y menuda historia. A veces creo que ‘El río del silencio’ tiene más de mí que yo mismo. Tardé quince años en poder sentarme a escribirlo. Incluso cuando la lectura no era ninguna afición fantaseaba con darle forma a la historia algún día. Amé y odié la historia a ratos impredecibles, le tuve miedo, dependencia, la empezaba una y otra vez sin poder avanzar apenas unas páginas. Lo más curioso es que comenzó como una excusa para plasmar por escrito lo que me había supuesto la música que escuchaba en la adolescencia, pero se me fue de las manos, situé la escena en el momento equivocado (para centrarme en el tema musical) y los recuerdos que me sobrevenían acabaron quemándome las entrañas. Hasta que una madrugada di con la clave: yo era parte de la historia y, por lo tanto, parte del problema. Tomé una distancia prudencial con el protagonista usando la tercera persona y al fin logré expulsar mis demonios para dar forma a los recuerdos. Podría estar horas, días, dedicar un libro entero a la creación de esta obra y sus secuelas, que tiene y más tendrá, pero no es este el momento. Quien quiera saber más puede leer en mi blog ‘Desnuda el alma: a vueltas con El Golem’ y saciar su curiosidad a ese respecto. Pero antes de cambiar de tercio necesito decir, una vez más, que su protagonista, ‘El paranoias’, es lo mejor que me ha pasado en la vida: mi (respetado) enemigo, lo admito, una suerte de Mr. Hyde; pero también mi padre, mi hermano, mi solidario camarada y mi guardián entre el centeno.
Continuando con lo que hoy me ha hecho sentarme a escribir, con ‘Las lágrimas de Carl Perkins’ y ‘Carrera con el Diablo’ circulando con relativo éxito por la red, y ultimando los detalles para colgar ‘El río del silencio’, consigo, en cierto modo, hacer realidad un sueño que me perseguía desde que leyera ‘Canción de Navidad’, de Charles Dickens, y con ‘Jarrita marrón’ me aproximo bastante a crear mi propio cuento de Navidad, que llegaría un tiempo después con el título de ‘Un rayo partió la noche’.
Normalmente me cuesta referirme a ‘Jarrita marrón’ como uno de mis relatos, pues la autoría siempre está bajo la sombra de haber fundido melomanía y cinefilia para, simplemente, dar forma de relato a la maravillosa película de Anthony Mann en la que el genial James Stewart da vida a Glenn Miller. Es el relato que abre ‘Sin anestesia’ y a ese respecto incluyo una breve  aclaración en el propio texto.
Si con ‘El río del silencio’ exorcizaba mis demonios adolescentes, con ‘Luna de octubre’ hice lo propio con los del presente, o los de un pasado muy reciente. Alguno sigue ahí, lo admito, pero consigo que se dé con la puerta en las narices cuando tiene la osadía de venir a buscarme.
Quiero pensar que no hay lectura desaprovechada. En el peor de los casos, ayuda a no volver a perder el tiempo con autores o temáticas que ya he comprobado no consiguen engancharme. Tras un decepcionante ‘Yonqui’ decidí darle una segunda oportunidad a William S. Burroughs con ‘Queer’, que me gustó aún menos, pero me cobré algo a cambio. La edición de dicha obra que cayó en mis manos (Anagrama) incluye una introducción del propio autor donde, situando la escena en Mexico, muestra unos años cincuenta que yo no conocía, a pesar de tenerme por un entendido en la materia. Descubrí que muy cerca de los cadillacs y las juke-box, del barrio donde Danny Boy cierra pronto la gasolinera para recoger a Peggy Sue y llevarla al baile, existe otra realidad bien distinta. Burroughs describe la arena del desierto salpicada por la sangre de un cuerpo retirado poco antes de allí, nadie sabe si por su propio pie o ya cadáver, borrachos que duermen en la calle sobre sus heces y buitres que describen círculos al acecho de carnada. Normalmente las ideas me rondan la mente durante un tiempo, a veces meses, antes de llevarlas a la hoja/pantalla, pero tras empaparme de aquella escena no tardé apenas nada en dar vida a la familia Chagoya y crear ‘Distrito federal’.
 Divaguemos sobre maneras de escribir, de crear. Ha quedado claro que no soy ajeno  al recurrente y habitual recurso autobiográfico: ‘Las lágrimas de Carl Perkins’, ‘Carrera con el Diablo’ (sí, rizando el rizo, no sólo nace como un trabajo de historia de 3ª de BUP, sino que los protagonistas somos Gene Vincent y yo mismo), ‘El río del silencio’, ‘Luna de octubre’ y otros que después se mencionarán (‘Espuma de cerveza’ y ‘El club de los fracasados’).
Otra de mis fuentes de inspiración, como creo ha quedado claro, es la música. De la avalancha de recuerdos provocada por ciertas melodías nace ‘El río del silencio’ y de la profunda admiración por determinados artistas los ya mencionados ‘Las lágrimas…’, ‘Carrera…’ y ‘Jarrita marrón’; otro relato eminentemente musical incluido en ‘Sin anestesia’ será ‘La conjura de las sombras’, del que hablaré más adelante. Y en el futuro puedo adelantar que habrá relatos sobre Django Reindhard y Freddie Mercury.
Evitando siempre las aburridas enumeraciones de fechas y acontecimientos, para no caer en una suerte de aburrido semiperiodismo musical o en la simple y llana biografía, procuro unir cierta documentación contrastada con respetuosa ficción. Esto ocurre en ‘La conjura de las sombras’: no investigo los cajones de ropa interior de las personas de las que hablo; no me interesa (ni al lector, creo) cuántas dioptrías tenía Buddy Holly ni lo que acostumbraba a desayunar Eddie Cochran; tampoco las fechas y sedes de los conciertos que pudieran dar durante dos meses seguidos. Creo que da más vida –más literatura- saber que The Big Bopper pasó seis días ininterrumpidos pinchando música en una emisora, o que Buddy Holly coincidió en un estudio de grabación con Ray Charles y, desgraciadamente, poco o nada se sabe a día de hoy del material que pudiera surgir de aquella cita. A estas anécdotas que logran conformar una historia en un solo párrafo, les añado un marco que, aunque con base real, no existe más que en mi mente, y pasa a la del lector por obra y gracia de la palabra escrita. Por ello cuento la vida, la novela basada en la vida de estas personas, desde el bote que Johnny Burnette maneja el fatídico día que sale a pescar, o desde el suelo del salón de Eddie Cochran, donde llora la muerte de Buddy Holly para, acto seguido, recibir una llamada a cobro revertido de su buen amigo Gene Vincent.  Si de una combinación de melomanía y cinefilia surgía ‘Jarrita marrón’, que jamás hubiera existido sin el film ‘Música y lágrimas’, el lector no tardará en ubicar cierto pasaje de ‘La conjura de las sombras’ en ‘La bamba’. Y de este modo queda anotado, aunque en ‘Sin anestesia’ sólo se dan estos dos casos, para el futuro el cine como fuente de inspiración.
Sólo una vez dediqué más tiempo a la investigación que al texto en sí, empleando cuatro meses de mi vida para una historia de cuarenta páginas en mi ordenador (setenta en el libro), y casi fue sin querer. No sé si es habitual en el mundo de la creación literaria (soy nuevo en esto, no tengo apenas contacto con otros escritores y, de hecho, ni siquiera me considero escritor), pero no es extraño que las ideas que preceden a la historia me sobrevengan a la inversa, esto es, visualizo el final de la historia como un frondoso y firme árbol que debo podar para ver el nacimiento de sus ramas. De este modo situé a una dulce jovencita rezando una plegaria en la catedral de Cartagena, y siempre daré gracias a la conjunción de astros que me hizo localizar allí la escena, pues por ello descubrí que la catedral de la ciudad portuaria fue una checa republicana durante nuestra contienda, lo que me llevó a un cambio de guión gracias al que pude saber que el famoso ‘oro de Moscú’ pasó por el polvorín de La Algameca y tuve conocimiento de hechos como el bombardeo de las cuatro horas y el hundimiento del Castillo de Olite que, finalmente, se conjuraron para dar vida a ‘Dorada Algameca’, ficción sobre base real del final de la República en su último bastión: Cartagena.
Pero a ‘Dorada Algameca’ llegué con la lección aprendida, pues años atrás ya recibí la visita de las musas en forma de final para la historia que estaba por nacer. Por aquel entonces, además, la sombra de Dickens se cernía sobre mí día sí, día también, alentando tanto mi propósito de escribir un cuento de Navidad que la idea devino en obsesión. Y una noche de tormenta (al igual que me ocurriera con ‘Luna de octubre’) logré por fin apaciguar dicha obsesión. Si ‘Sin anestesia’ comienza con mi primer intento de crear un cuento de Navidad, ‘Jarrita marrón’, historia real basada en una Nochebuena en la que Helen Miller llora la ausencia de su marido, se cierra con mi sueño hecho al fin realidad, y en ‘Un rayo partió la noche’ serán mis personajes, mi historia y, como no podía ser de otro modo, la música, quienes espero logren haceros creer que hay algo más allá de lo que vemos.
Y para recorrer los últimos metros de esta recta final, vamos con los dos últimos relatos. Estas historias mantienen ese espíritu sin anestesia que domina la obra, pero obvian a las musas musicales y cinematográficas que parecen primar en el resto de la obra. Tienen un fuerte contenido autobiográfico (y si continúo escribiendo supongo que debo acostumbrarme a desnudar mi alma en cada palabra) y parten de ideas bien dispares. ‘Espuma de cerveza’, posiblemente lo más irreverente que he escrito nunca, sólo tenía dos propósitos: reírme al escribirlo (conseguido) y que se ría el lector (espero conseguirlo), y versa sobre esos pequeños mundos que tenemos a la vuelta de cada esquina (‘bares, qué lugares’, rezaba la canción). ‘El club de los fracasados’ puede ser la historia más cruda de ‘Sin anestesia’, porque, por desgracia, el marco en que se desenvuelve no es tan lejano y ajeno como los de ‘Dorada Algameca’ y ‘Distrito federal’. Bajo el recuerdo de un club que existió, del que fui su presidente y sus miembros buenos amigos míos, el protagonista (que bien pudiera ser ‘El paranoias’ diez años después) da un repaso a un realidad tristemente de moda hoy en día: nuestro lamentable panorama laboral y esa ridícula idea de que todos tenemos ahorros o una familia en la que apoyarnos que conforma una cortina de humo que impide ver que si no cobramos no comemos, no dormimos y la vida es una obligación difícilmente llevadera.
Esto es ‘Sin anestesia’. Esto, en gran medida, soy yo. Y espero veros a todos el próximo 24 de octubre en la Biblioteca Regional de Murcia para poder compartirlo todo. A quienes la distancia lo impida, que disfruten de su lectura. A quien no me conozca, que le resulte grato hacerlo por este medio.
Gracias a Ediciones Hades por la oportunidad, a Inma Sola por descubrirme dicha editorial a la que me animé a mandar mi manuscrito que tan satisfactorio resultado ha dado. A Jorge y Miguel, sin ellos ‘El río del silencio’ no existiría. A Maggie, amiga y en cierto modo musa (aunque ese relato no aparezca en el libro) en la distancia. A todos los que me han apoyado desde el primer día, por sus ánimos y sus comentarios de mis relatos. A mi familia, ¿por qué no?, su desprecio y desinterés tal vez me dio las alas necesarias. Al Rock and Roll, a mis Purasangres, grandes amigos que siempre aparecen cuando me envuelven las sombras (puede que ‘El paranoias’ fuera el primer purasangre) y a Aurelio, mi hermano, que siempre ha estado ahí cuando lo he necesitado.

Perdón por quien me deje en el tintero y keep on rockin´!!!

viernes, 20 de junio de 2014

ROCKET 88


Corría el verano de 2007 cuando un grupo de amantes de la música e iconografía de los dorados años 50, al margen de cualquier moda pasajera (pues en su mayoría son lo que crearan el Yakety Yak 50´s RnR Club Cartagena allá por los 90) deciden que ha llegado el momento de ofrecer a la Ciudad Portuaria la oportunidad de disfrutar del encanto de aquella carismática época a través de la música en directo y las fiestas temáticas, siempre con el Rockabilly y los años 50 como tema central, pero abiertos a todo lo relacionado con tan maravillosa era (surf, swing, blues…).

Lo que empieza siendo el simple propósito de traer a grupos de los alrededores cada dos o tres meses se les va de las manos, afortunadamente y gracias al apoyo de locales y público fiel a sus eventos allí donde se realicen, y en sus siete años de existencia han pasado por el escenario de sus principales salas colaboradoras (el extinto Tris Tras y Coyote Rock Bar) las más prestigiosas bandas de Rockabilly y Rock and Roll nacional con gran renombre dentro y fuera de nuestras fronteras (Los Vibrants, Charlie Hightone & The Rock-It´s, Cat Club, Nu Niles, Help Me Devil, Brioles, Los Twangs, Dead Bronco…) así como las mejores banda de Cartagena y alrededores en dichos estilos (Suntones, The Rodders, Sweet Lorraine Combo, Los Rotundos  y la banda cartagenera que actualmente está arrasando en medio mundo: Pike Cavalero & The Gentle Bandoleros).  Es destacable además el esfuerzo de los chicos de Rocket 88 para que en Cartagena se haya podido disfrutar por el módico precio de 0,00 € de bandas internacionales como Al & The Black Cats (USA), The Dixie Boys (Portugal), CC Jerome´s Jetsetters (Holanda), Phil Rizza (Francia) y en dos ocasiones Truly Lover Trio (USA)

Sus Dj´s Jukebox Johnny, Pharaon del Twist y Dj Cat-yu, amén de amenizar todos los post/pre conciertos con los más trepidantes vinilos, han sido protagonistas de las mejores fiestas 50´s de la Ciudad Portuaria organizadas por Rocket 88, a destacar las celebradas tras las respectivas actuaciones en el Festival de Jazz de Cartagena de Imelda May y Wanda Jackson, y son frecuentemente requeridos en destacados eventos (Rockers & Mods, Mazarrón), locales (Tremolo, Rockola, Ruta 66) y festivales como el Desert Wind en Almería o el Ubangi  Stomp de Benidorm.

Siete años de Rock and Roll que deseamos se prolonguen mientras Cartagena quiera Rock and Roll, y parece que quiere… ¡y mucho!

A título personal, añadir que el despegue del cohete coincidió con uno de los momentos más sombríos de mi vida y su onda expansiva aniquiló las nubes grises dando paso a una época que si alguna vez ha de finalizar, no habrá tornado que logre arrancar de mis recuerdos.

Porque donde giren los vinilos estará mi puta casa.

Porque rodeado de amigos estoy con mi puta familia.

Porque ni quiero ni necesito nada más.

Keep on Rockin´!!

martes, 3 de junio de 2014

QUE NO FALTE SWING


Es curioso. Envié el manuscrito a la editorial que ha decidido apostar por mí hará ocho meses, más o menos. Durante este tiempo no sólo han surgido nuevos relatos que podrían haber entrado en ‘Sin anestesia’ pero he decidido dejar para más adelante, además de comenzar una novela, sino que por el camino y casi siempre obligado por lecturas previas a los concursos literarios a los que me presenté, no he dejado de corregir una y otra vez dichos relatos. Y ahora, el editor me los devuelve para su última corrección. Claro, me ha devuelto el mismo original que yo mandara en su día, luego no es poco lo que han cambiado esos relatos por todas las relecturas de los últimos meses. Por esto pensaba que la corrección iba a ser agotadora y lenta (para ambas partes, pues todo lo que yo decida cambiar tiene que reescribirlo el editor) dando a aquellas historias la forma que tienen ahora en varias carpetas de mi disco duro. Pero, hablando de forma y pensándolo fríamente, si cada vez que releo un relato le descubro otra escritura posible, ¿no será que el problema no lo tenga el relato, sino el lector, o sea, yo mismo? Recuerdo, entonces, a un personaje de la maravillosa obra ‘La peste’, de Albert Camus, cuyo nombre no recuerdo (podría mover el culo a la estantería del salón y buscarlo, pero ahora mismo el nombre es lo de menos) y que en su empeño por escribir la gran novela de su época dedica semanas a una sola frase, buscando la única palabra que pueda encajar en el sentido que quiere dar al texto. Y me asusta volverme así. Qué cojones, con perdón. La primera vez que leí ‘Luna de octubre’ o ‘El río del silencio’ me gustaron, y a terceros que los leyeron también. Así que creo que voy a relajarme, porque escribo para disfrutar, y no voy a pasar noches en vela buscando donde colocar ese punto y coma que convierta las palabras en la frase perfecta, esto es, en la frase que no existe. Es literatura, no matemáticas. Dedicaré la recta final a asegurarme de que no hay faltas de ortografía ni expresiones que chirríen demasiado, y lo voy a hacer, además, alentado por dos de los grandes, cuyos actos y palabras hago míos: Jorge Luis Borges y Montero Glez. Decía el primero: ‘publico mis libros para dejar de una vez de corregirlos’. Y el segundo, a cuento del primero: ‘Que conste que a mí Borges no me gusta: demasiado perfecto. Le falta error, le falta swing’.

viernes, 16 de mayo de 2014

LA POSIBILIDAD DE UNAS RISAS


Nunca he sido fetichista ni he perseguido la foto o el autógrafo de nadie. Siempre he estado muy vinculado al mundo de la música, siendo un concierto casi lo único que consigue sacarme de casa por las noches a día de hoy, pero jamás hago cola tras las actuaciones para inmortalizar el instante, ni siquiera cuando ese momento forma parte de la organización del evento, con su stand al efecto. Como mucho compro el disco o la camiseta del grupo y les agradezco el rato del que he disfrutado, sin pasar nunca de darles la mano. He asistido a más de mil conciertos en mi vida y sólo pedí autógrafos cuando tenía catorce y quince años, a Sonny Burguess y Sleepy LaBeef, respectivamente. Firmas que se perdieron en alguno de mis muchos cambios de domicilio y por las que no pierdo el sueño. Sé que estuve allí, como estuve en Madrid las mágicas noches de Brian Setzer o Carl Perkins, a quienes no llegué a acercarme.

Sin embargo, cuando hace varios meses supe que Houellebecq visitaba Molina de Segura, localidad a veinte minutos escasos de mi casa, me emocioné bastante. Hace poco más de un año no sabía quién era y hoy lo tengo por uno de los cinco mejores escritores vivos del planeta. Descubrí su obra ‘El mapa y el territorio’ casi por casualidad, en edición de bolsillo, hojeando un catálogo publicitario que habían dejado en mi buzón. Me gustó la sinopsis que de la obra hacían y que viniera respaldada por el Premio Goncourt, máximo galardón de las letras francesas, y lo adquirí aquella misma semana. Me gustó, simplemente. De hecho es la única novela del autor que no he reseñado para mis amigos del blog ‘Literatura + 1’, supongo que porque lo que hubiera leído inmediatamente antes o después me impactó bastante más y sería esa la obra que comenté. Pero quedó anotado el nombre del autor en mi memoria y, posando la mirada en las estanterías de la misma tienda un par de semanas después, localicé ‘Las partículas elementales’.

Devoré la novela en un par de noches y necesité otro par de días para recuperarme. Jamás había leído algo así, algo que se pareciera o aproximara a su fondo o forma. Es la novela que más me ha gustado de todo lo que he leído en los dos últimos años y me deshice en halagos para su reseña, halagos que poco después, indagando por la red, descubrí que comparto con muchísimos lectores. Después fueron cayendo ‘Ampliación del campo de batalla’, ‘Lanzarote’, ‘Plataforma’ y, finalmente, ‘La posibilidad de una isla’. A mitad de camino ya lo situé entre mis predilectos y, a día de hoy, como ya he dicho, me parece uno de los cinco mejores escritores vivos del planeta, siendo los otros Paul Auster, Montero Glez y dos huecos que dejo en blanco para ir nombrando a quien me luzca según el momento (hoy probablemente sean Haruki Murakami y Eduardo Mendoza, pero mañana podrían ser otros).

No se trata ahora de reseñar ni hacer un estudio de su obra (si alguien quiere conocer mi opinión y la de otros colaboradores de Literatura + 1 las tiene aquí: http://literaturamasuno.blogspot.com.es/search/label/Michel%20Houellebecq ). Diré, simplemente, que su obra –la cual, paradójicamente, no deja de sorprenderme a pesar de ser un continuo dar vueltas sobre lo mismo- suele girar en torno al sexo, la vejez y la idea de inmortalidad, todo en un tono de marcado desencanto y provocación. No podía evitar imaginar al autor como alguien oscuro y esquivo, una suerte de Salinger que vivía encerrado, con las persianas bajadas y se enfurecía si alguien llamaba a su puerta. Y tal vez sea así en su vida privada –de hecho lo dejó entrever en su charla-, pero sabe mantener su actitud en cotas razonables de sociabilidad para los actos públicos. Debo admitir que me sorprendieron, y animaron bastante para plantarme allí, las declaraciones en prensa de los responsables del ciclo ‘Escritores en su tinta’ manifestando que Houllebecq se había mostrado encantado de participar desde que se lo propusieron.

Dos años atrás una de las personas a las que más debo, Eduardo Mendoza (fue quien hizo que me gustara leer y siempre tenga un libro junto a mi cama, me va a faltar vida para estarle agradecido) participó en dicho ciclo y me eché atrás en el último instante. Cuando supe que venía sentí lo mismo que recientemente con el autor francés. Pasé meses tachando días del calendario, teniendo claro que el libro que llevaría para que me firmara sería ‘Sin noticias de Gurb’. Pero llegado el día salí de trabajar y me fui a casa, o a hacer algo de deporte, o a tomar algo a un bar, o al cine, no sé. El caso es que temí que se desmontara un mito, temí una salida de tono o una respuesta fuera de lugar de alguien a quien tenía por poco menos que un dios. Algo absurdo, pienso ahora, pues no iba a pedirle que se fuera de copas conmigo ni me concediera una entrevista en privado. Supongo que la emoción del momento me hizo ver fantasmas y no ha pasado un solo día desde entonces que no me haya arrepentido de mi ausencia. Sobre todo tras la gratísima experiencia con Houellebecq.

Llegué a la sala de los primeros y me senté a esperar con mi ejemplar de ‘Las partículas elementales’. Poco a poco la sala se fue llenando, los organizadores tuvieron que traer más sillas de otras dependencias de la biblioteca. El libro que más se veía era ‘La posibilidad de una isla’, supongo que por ser el de más reciente publicación. Cuando la sala estaba llena, y muy puntual, apareció el autor, a quien a algunos nos costó mucho reconocer. Está bastante demacrado, la verdad sea dicha. Y comenzó el acto.

Primero unas absurdas, aburridas y mecánicas palabras protocolarias de una señora que ocupaba no sé qué cargo en el ayuntamiento y que daba vergüenza oírla hablar, como sucede con casi todos los murcianos a quienes se pone un micrófono delante. Lo siento, y esto me afecta a mí el primero, pero no es una cuestión de acento, usos y costumbre: es sencillamente no saber hablar. Al menos no soltó ninguna burrada tipo ‘me se ha olvidado que ayer presentemos a otro autor’. En fin, corramos un tupido velo…

El autor no habla castellano, lo que me sorprendió pues tenía entendido que llevaba bastante tiempo viviendo en Almería –después aclaró que había vuelto a París, siendo la etapa española unas simples vacaciones-. Junto a él dos traductores: un hombre francés que parecía ser el que venía con él y una mujer española que intuí formaba parte del staff de la organización, no me extrañaría que fuera una trabajadora de la biblioteca. Todo esto son simples suposiciones mías. Lo curioso del asunto es que la batuta la llevó ella en todo momento, el francés no logró traducir una sola frase completa en toda la sesión. Curioso y surrealista.

Sólo viendo como empezaba aquello supe que la tarde prometía. No se limiten a leer lo que paso a relatar, traten de imaginarlo. Una segunda representante del ciclo –ésta sabía hablar, afortunadamente- presenta al autor y explica que no va a ser una charla o conferencia, sino que directamente los asistentes podríamos empezar a preguntar y él respondería. No obstante anima al autor a que diga unas palabras preliminares. Mientras Houellebecq empieza a hablar –en francés, claro-, oigo murmullo unos sitios por delante del mío.

Cuando Houllebecq termina su presentación el traductor francés intenta empezar a hablar, pero no logra arrancar. Sonrisas entre el público. A la traductora española le ocurre lo mismo y dirige unas palabras en voz baja al autor. Éste arquea las cejas y encoje los hombros, lo que en lenguaje universal viene a significar ‘ni idea’. Tímidas risas entre el público con alguna pequeña carcajada, imagino que de quienes hablan francés y ya han comprendido lo que ocurre. Finalmente la traductora se dirige a nosotros:

-Bueno, hay un pequeño problema. El autor es muy propenso a las divagaciones, enganchando una idea con otra, en una especie de espiral de razonamientos. Por eso, cuando ha llegado el momento de traducir, mi compañero y yo no recordábamos de qué había empezado hablando.

(Risas consolidadas).

-Hemos preguntado al autor y él tampoco se acuerda.

(Primera carcajada de muchas).

Acto seguido se repite el murmullo del principio pocos asientos delante del mío. No logro ver los rostros de los protagonistas, pero deduzco que alguien está hablando en voz alta y otra persona le pide que guarde silencio, que está molestando. Intervienen dos o tres personas más, todas recriminando al hablador –como es lógico, yo también lo hubiera hecho- y se hace el silencio cuando comienzan las preguntas de los asistentes. Nuevamente la atención se centra en el cuadrante de los disturbios y no cuesta mucho entender que los protagonistas de las escena son los que acaban de discutir, aunque al no haber visto sus rostros no sé quién es el que hablaba y quién el que pedía silencio. El caso es que uno de ellos comienza a decir:

-Yo quería preguntarle al autor si se siente como uno de los escritores malditos de este siglo…

Y el otro se pone en pie, lo mira y dice:

-Tú sí que estás maldito. En tu puta madre me cago.

Y abandona la sala.

Con este comienzo la tarde apuntaba a ser gloriosa.

El resto de la tarde mantuvo un aire relajado –curiosamente la escena de ‘los malditos’ parece que acomodó al resto de asistentes, en lugar de crear tensión- y rara fue la pregunta con la que el autor no nos arrancara una sonrisa, cuando no una carcajada.

Comentaré brevemente –pues el recuerdo que me traigo no es tanto el de sus palabras como el de la sensación de bienestar, lo cómodo que me encontré en un tipo de acto al que asistía por primera vez- que el autor no se tiene por nadie controvertido ni maldito. Opina que todos esos prejuicios están en los ojos del que mira. Que las contradicciones que aparecen al estudiar sus obras por separado son adrede, pues la labor del creador debe ser mantener las mentes siempre alerta, que el lector piense  por qué y por qué no, piense que sí, pero… Si se llegara a una verdad absoluta los procesos de creación artística acabarían. Su método creativo consiste en escribir a primera hora de la mañana sin interactuar de ningún modo con nadie: hay que elegir entre vivir o escribir, en cuanto se cruza con nosotros un ‘buenos días’ en la escalera, una llamada telefónica o una noticia en un diario se acaba la escritura, la suya al menos. Parece tomarse muy en serio su método, pues el tema surgió  un par de veces más durante la sesión. De hecho, una chica –muy joven, aquello fue a todas luces un artificial momento de lucimiento orquestado por su madre o tutora, que se sentaba al lado-, dijo al autor, en francés, que una amiga suya estaba escribiendo un libro y que qué consejo podría darle. Y éste respondió: ‘dile que escriba por la mañana antes de hablar con nadie’. Tanto insistía en el hecho –que yo no comparto, por cierto- de que se debe escribir temprano y sin interactuar con nadie que a punto estuve de pedirle su opinión sobre la obra y método de Bukowski, que escribía de noche, borracho y tras haber interactuado a hostia limpia con media ciudad, pero la vergüenza me coartó al principio y al final no hubo tiempo.

                Otras respuestas que recuerdo fueron las siguientes:

                -¿Por qué escribe poesía rimando, si ya nadie lo hace así?

                -Porque rimando es más fácil.

                -¿Qué le parece la película que se ha rodado sobre su novela ‘La posibilidad de una isla’?

                -Me parece malísima. Y está bien, porque me gusta el cine cutre.

                -Imagino que no me recordará, pero me crucé con usted un día que paseaba con su perro. ¿Cómo está? (el perro).

                -Murió.

                -Vaya, lo siento.

                -No se preocupe.

                -¿Qué le parece la Unión Europea?

                -Demasiado grande para poder ser democrática.

                -¿El colocarse usted mismo como un personaje de su novela ‘El mapa y el territorio’ es un acto de narcisismo?

                -Para nada. La obra necesitaba un personaje concreto que sólo yo encarno.

 En alguna pregunta puntual pareció entender –por algo ha vivido tiempo en España- la respuesta que la traductora nos ofrecía, y la detenía para decirle ‘yo no he dicho eso’, siempre en un tono jocoso que fácilmente se contagiaba al público. Admitió haber tenido problemas con sus traductores al inglés (idioma que sí domina) y, viendo las preguntas que la gente le hacía sobre el mensaje de sus obras, quedó planteándose si no tendría que cambiar también de traductores al castellano. Aun así admitió que podíamos llevar razón sobre lo que habíamos extraído de obras como ‘Plataforma’, porque las escribió hace tiempo y apenas recuerda lo que dijo. Así de claro.

Y llegó el momento final. Aplaudo y espero en la silla que otros me abran el camino. Imagino que muchos fuimos con aquella idea del ogro que nos comería si superábamos cierta línea, pero el ambiente distendido del acto nos liberó de prejuicios y finalmente me coloqué en quinta o sexta posición en la fila para los autógrafos. Justo tras firmar el libro de quien estaba delante de mí dejó el bolígrafo en la mesa, pero no había llegado hasta allí para dejarme vencer ahora y dejé el libro frente a él con mi sonrisa de ‘yo no tengo prisa ¿y tú?’. Mientras firmaba saqué el teléfono móvil de mi bolsillo y pedí a la traductora que sacara un par de fotos. Por desgracia la calidad de mi teléfono es ínfima y en la mejor de las dos fotografías apenas se reconocen nuestros rostros ni se puede leer el título del libro que sostengo en la mano. Pero al igual que con aquellos autógrafos de cantantes que perdí en vaya usted a saber qué mudanza, o al igual que aquellas otras noches frente a leyendas de la talla de Carl Perkins o los Comets originales, aquellos que grabaran ‘Rock around the clock’ junto a Bill Halley, y de quienes jamás tuve autógrafo o foto junto a ellos, la ilusión de aquel momento frente a uno de los mejores escritores del planeta ya no me la quita nadie.