domingo, 19 de enero de 2014

LAS LÁGRIMAS DE CARL PERKINS


Aunque el rock and roll y sus ramas dan para mucho, este ritmo trepidante tiene, como cada corriente musical, literaria, cinematográfica o pictórica, determinados estándares en los que confluyen los gustos de la mayoría de seguidores de dicha corriente. Esto hace que, aún dentro de la búsqueda de la última novedad, algo nuevo que no suene a lo de siempre y nos haga vibrar como hace veinte años cuando escuchamos por primera vez el “Rock this town” de los ya clásicos Stray Cats, cuando uno de esos estándares aparece ante nuestros ojos no podamos evitar detenernos a mirar o escuchar, por si acaso hay algo que aún no sabíamos o, simplemente, por el placer de recordar. Y si hay un placer que conocemos los amantes de la mágica década de los años cincuenta es precisamente ese: recordar.

            Hace unos días escarbaba entre los cd de cierta tienda de Murcia buscando grabaciones de la mítica Sun Records, intentando repoblar con discos compactos una estantería de cintas en las que a fuerza de grabar unas canciones sobre otras apenas se distingue ya la batería del contrabajo, cuando, inevitablemente y por el proceso descrito en el párrafo anterior, mi mirada se detuvo ante un nombre pronunciado por mí infinitas veces en los últimos veinte años. Dejé todos los discos que tenía en las manos y lo cogí sin dudarlo: un cd de Carl Perkins.

            ¿Qué tenía de especial? Sinceramente, nada. De hecho musicalmente no se encuentra ni por asomo entre lo mejor de sus grabaciones. Sabía de la existencia de dicho concierto porque en su día me lo dejaron en VHS y lo pusimos en el autobús que alquilamos para desplazarnos a Madrid a ver en directo a esta leyenda hace ya unos cuantos años. Si acaso se podría destacar el nivel de los artistas invitados, ex-Beatles como Harrison y Ringo, los Cats Lee y Slim, la hija de Johnny Cash y el productor Dave Edmunds. La posibilidad –sin ser obsesiva ni mucho menos- de incluir al fin ese disco en mi colección (pues lo devolví a su dueño y jamás lo volví a ver ni a escuchar) unida a la avalancha de recuerdos me obligó a hacerme con él. Y de este modo dejé en las estanterías de aquella tienda discos de artistas desconocidos, o conocidos pero de quienes no tengo nada en casa, que seguro me hubieran gustado por llevarme una grabación de temas que ya conozco de memoria de tanto oírlos.

            Y hoy, solo en mi casa y sin ganas de hacer gran cosa, he vuelto a poner el cd y a recordar. Y he recordado que aquella noche el maestro lloró.

            Carl Perkins irrumpió con fuerza en los cincuenta y compuso numerosos estándares como ‘Honey don´t’, ‘Boppin´ the blues’, ‘Gone, gone, gone’ y el mítico ‘Blue suede shoes’, probablemente el tema más versionado de la historia, en dura pugna con el ‘Jailhouse Rock’, del King, y el ‘Johnny B. Good’ de Chuck Berry. En los sesenta y setenta pasó discretamente a un segundo plano, grabando habitualmente música country (grabaciones bastante interesantes, dicho sea de paso) siendo popular sólo en América y gracias, en gran medida, a la inestimable camaradería de un buen amigo que no permitió que cayera en el olvido, Johny Cash. Y a finales de los ochenta y principios de los noventa volvió con sus temas de siempre, con otro sonido mucho más potente (cuestión de tecnología, su actitud siempre lo fue)  y ya convertido en leyenda.

            España, desgraciadamente, no ha tenido tradición roquera. Mientras en América mandaba Elvis y en Europa Los Beatles, aquí teníamos a Juanito Valderrama y Rafael Farina. No tengo nada contra dichos artistas, pero sí contra cualquier época en que se cierren puertas y se desconozca lo que hay fuera, etapas oscuras por necesidad y definición.  Hubo quien lo intentó y poco a poco fue abriéndole camino al rock en este pais, como el Dúo Dinámico, Miguel Ríos o Brunos Lomas, aunque torpemente debido a la falta de información: España conoció de golpe el rock and roll, el beat, la psicodelia, lo ‘ye-ye’ y lo mezcló sin criterio con la balada y la canción ligera. Además sufríamos una mentalidad anclada en el pasado, una dictadura y a los censores. Por si alguien no lo sabe “Quince años tiene mi amor” tuvo problemas con la censura, manda huevos, como diría mi paisano el ex ministro.

            Por eso, y es sólo una opinión, Carl Perkins vino con miedo o, al menos, sin entusiasmo a España. En su gira Europea sabía que no habría problemas con el público inglés pues Los Beatles hicieron más de una versión de sus temas a lo largo de su carrera y, como ya he comentado al principio, George Harrison y Ringo Star colaboraron en la grabación de ese cd que ahora brilla con luz propia en las estanterías de mi apartamento. En Francia y en Italia no había que preocuparse. Aunque el rockabilly no pegara con mucha intensidad son países con fuerte influencia jazzistica, lo que siempre ayuda. Pero, ¿qué pasaría en España?

            Carl esperaba una terracita con mesas y parejas de cincuentones tomando martinis que, tal vez, supieran tararear algún estribillo de sus temas más conocidos. Imagino que no poco se romperían sus esquemas cuando al bajar de la limousine sus guardaespaldas tuvieron que coger al vuelo a un incontrolado que llegó a tocarle el hombro y, como un zombi, salió de allí mirándose la mano con fuego en los ojos y diciendo para sí mismo: “lo he tocado, lo he tocado”. Perkins comenzaba a coger confianza.

            Mientras actuaban los teloneros mis amigos y yo deambulábamos por la sala saludando a viejos camaradas, muchos de los cuales hacía años que no veíamos. El rock and roll te hacía tener amigos en cualquier lugar del mundo mucho antes de que la palabra internet empezara a usarse en los institutos. Beber unos litros de cerveza en cualquier plaza antes del concierto que reunía en cualquier ciudad a los seguidores del artista de turno en toda España creó lazos de amistad que siguen presentes en pleno siglo XXI, y un rocker tiene donde dormir siempre en cualquier punto de la piel de toro. Conforme suponíamos que se acercaba el gran momento, nos íbamos aproximando al escenario… ¡Y sucedió!

            Aquella leyenda viva del rock and roll, armado con camisa azul de flecos y su guitarra se plantó frente al micrófono. La sala tembló, creo que nos quedamos afónicos en el primer grito. Carl se detuvo ante el micro unos segundos, le costaba creerlo. Estaba ante tres mil adolescentes ansiosos por verlo. De su garganta salió el primer “weeeeeeeeell…” de la noche y, con el primer golpe de guitarra: “all my friends”. Los tres mil adolescentes que allí estábamos no necesitamos más para continuar junto a él: “are boppin´ the blues”.

            En ese momento lo vio claro. Éramos su público, no había curiosos que se habían asomado a ver qué pasaba allí. Habíamos hecho centenares de kilómetros para verlo a él y sólo a él. Cantamos todos sus temas, las versiones que hizo de sus amigos Fats Domino y el Killer,  Jerry Lee Lewis. Y, a mitad de actuación, llegó el momento que jamás olvidaré: con el riff de entrada a “Honey don´t” el edificio se vino abajo. Yo, que estaba en segunda fila, note como se me echaban encima tres mil personas, pero aquella noche era capaz de aguantar lo que fuese. Cada grito del estribillo se escuchó en todo Madrid, y tres mil brazos en alto pudieron con la compostura del maestro quien, nada más finalizar la canción, levantó sus gafas y secó sus lágrimas. Allí lo teníamos, frente a nosotros, la leyenda del rock más humilde de la historia. Aquellas lágrimas significaban lo mismo que nuestros aplausos: un mutuo “gracias”.

            Volvió a llorar tras la última canción, en la que ni siquiera tuvo que acercarse al micro tras la introducción más famosa de la historia del rock and roll: “Weeeeeeeeeeeell… It´s one for the money, two for the show”. Del resto de la canción nos encargamos los allí presentes.

            Antes de marcharse prometió ante el micrófono que volvería a actuar en España el año siguiente. Dejó el escenario y tres mil personas abandonaron la sala andando sin pisar el suelo: habíamos visto a Carl Perkins, primer compositor de rockabilly de la historia. Por desgracia, jamás pudo cumplir su promesa.

            Meses después me encontraba en la biblioteca de la Universidad de Cartagena estudiando con un amigo que escuchaba la radio con unos auriculares. Observé un gesto extraño en su cara. Apagó la radio y me dijo: “ha muerto Carl Perkins”.

            Me quedé sin saber qué decir, mirando un folio en blanco en el que no podía escribir nada. Salí de la biblioteca y, encerrado en los aseos, le devolví las lágrimas que me dedicó, como a otros miles de fans, aquella noche mágica en Madrid.

            Es la primera vez que le cuento esto a alguien.