lunes, 27 de marzo de 2017

VIVIR A MANO ALZADA

Cuando los días no son más
que una sucesión de alarmas
de despertador,
el sueño una trampa
a la vuelta de la esquina
y el hambre una llamada
a la cordura
sabes que un reloj parado
puede dar la hora exacta
dos veces al día.
Consuelo de tontos,
pero no deja de ser cierto
que siempre estás a tiempo
de bajar la persiana
y esconderte durante un año
si nadie llama al timbre
ni cambia de lugar el mando.

Es este un tiempo denso
que se sueña con los párpados abiertos
mientras sigue cayendo arena
de un reloj que nadie invierte.
Es el tiempo del lobo
de vivir a mano alzada
 y tirar la basura
desde dentro del cubo
en una espera que se desmiembra
a la par que se construye.
Todo para que
cuando muera la espuma al fondo del vaso
y sobrevenga la lucidez
tratemos de arreglar
aquello que siempre estuvo roto
y cuya esencia, por tanto,
desconocemos,
antes de que arrecie
el siguiente vendaval
y las velas, esta vez,
no resistan.

Es entonces cuando proyecto
mi vida en el espejo
para recordar de nuevo
que, al final,
Rosebud no era más
que un jodido trineo.



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