miércoles, 12 de abril de 2017

GO, CAT, GO! / ELLOS LANZABAN TIZAS

GO, CAT, GO!!

Apago el despertador.
Mi mano helada torpemente
busca y enciende el calefactor.
Recupero los dedos
que se vuelven garras
al aliento de la estufa
y aprieto el botón:
            Well, It´s one for the money
            two for the show
            three to get ready…

Me visto el alma
de guitarra, voz y contrabajo
me enfundo botas y vaqueros
me lamo las heridas: soy un gato.
Maullo escalera abajo
y sin desayunar
me lanzo, felino, al asfalto.
Camino con desparpajo
paso firme
cortando la niebla con la mirada
bajo un cuello de cuero levantado
mirando en los cristales
mi reflejo
soy un gato callejero.
En la puerta del instituto
rodeado de ratones
que se esconden
bajo abrigos y bufandas
oigo a mis amigos, que me llaman
desde el bar, al otro lado
y camino con las uñas afiladas
camiseta con las mangas recortadas
y los libros olvidados
soy un gato descarriado.
¡Dónde vas! se oye gritar
desde el mundo de los vivos
mientras salto entre dos coches
y me enciendo un cigarrillo.
Aquello no va conmigo
debe ser algún maestro
que le grita a sus alumnos
para hacer girar las ruedas.
Yo recuerdo la canción
que me ha lanzado esta mañana
de la cama a las aceras
y entre cubos de basura
me pierdo, sigiloso,
musitando cadencioso
go, cat, go!


ELLOS LANZABAN TIZAS

Ellos lanzaban tizas;
yo fumaba en la última fila
tan sólo por el placer
de hacer algo prohibido.
Ellos corrían tras un balón;
yo surfeaba sobre un mástil
y sobrevolaba un teclado
soñando
a la izquierda con Carl Perkins
y a la derecha con Jerry Lee.
Ellos en casa a las nueve
y en la discoteca
los domingos por la tarde
cuando no servían alcohol ni cigarrillos;
yo viendo amanecer la rambla,
negro
azul marino
azul claro
cerveza caliente y el bar cerrado
era martes y mi amigo
estaba en el paro.
Ellos se daban la mano
y besos en la mejilla
y yo buscaba recovecos
donde alzar tu falda
maullar
y entrar en ti.
Ellos tenían catorce años
que yo nunca tuve.
¿Y qué esperabais
si soy un gato?

lunes, 3 de abril de 2017

EL MEJOR CHISTE DEL MUNDO


                Eran casi las doce y la noche apuntaba a ser larga. Apenas veinte personas en el edificio. Si lo hubieran ubicado cincuenta metros más al norte se diría que estaba a las afueras. Pero no, quedó en una suerte de limbo urbanístico en el que simplemente podíamos decir que no era céntrico. Por uso, hora y situación reinaba el silencio. Opaco, casi húmedo, una suerte de niebla semitangible. Pero intermitente. No era un silencio continuo y absoluto. Un estornudo, un pitido advirtiendo la hora en punto de un reloj digital, el acelerón de un coche que, a pocos metros, tomaba o dejaba la autovía... Y en ese catálogo de invasores acústicos vinimos a ser nosotros quienes se llevaran el premio gordo y alguna pedrea. Nosotros, los tres. Mi hermano, mi primo y yo.
                —¿Café? —propuso mi hermano.
                Accedimos.
                Bajamos lentamente la escalera. Estábamos cansados, llevábamos muchas horas allí. Además, mi hermano arrastraba una severa cojera desde hacía años, lo que ralentizaba aún más el movimiento del grupo. Mi hermano era (y es) mucho mayor que yo. Nunca necesité pronunciar el consabido tópico «podría ser mi padre» porque los hechos hacían innecesarias las palabras: su hijo, mi sobrino, era (y es) dos meses mayor que yo. Mi cuñada dio a luz un siete de julio y mi madre me trajo al mundo el siete de septiembre del mismo año. Mi sobrino y su madre se habían ido dos horas antes y estábamos solos mi hermano, mi primo y yo. Y unas cuantas personas, no más de diez o quince, que no conocíamos.
                La cafetera estaba abajo, en el pasillo. El bar llevaba un rato cerrado. Mi hermano introdujo una moneda y pulsó el botón del café cortado.
                —¿Ahora hay que poner un vaso? —preguntó mi primo.
                —No, José Miguel —dijo mi hermano—: hay que echarse un sobre de azúcar en la boca y meter la cabeza ahí debajo.
                Acompañó la absurda respuesta con un gesto histriónico, arqueando el cuerpo, bizqueando y sacando la lengua. Mi hermano. Cojo, calvo, con la barba canosa más desastrosa que jamás se había visto y más de cincuenta años sobre sus cansados hombros. Mi primo y yo explotamos. Fue una carcajada en toda regla, nos acababan de contar el mejor chiste del mundo, o eso nos pareció. Eran las doce de la noche y llevábamos allí desde las doce del mediodía. Estábamos agotados, nos dolían las piernas y la espalda y necesitábamos ese momento de reconciliación con la existencia más que cualquier otra cosa.
                —Señores, por favor —escuchamos. Alguien nos llamaba al orden.
                Nos asomamos al hueco de la escalera y vimos, unos metros más arriba, a un guardia de seguridad serio y muy bien uniformado. Yo jamás había logrado planchar tan bien una camisa. Mi hermano jamás había logrado si quiera planchar una camisa. Desconocía (y desconozco) el currículum de mi primo a ese respecto. Hizo como que se ajustaba el nudo de la corbata y continúo diciendo:
                —Ya son mayorcitos, joder. Un respeto, que estamos en un velatorio.
                —Lo sabemos, somos los hijos del difunto —mi hermano.
                —Y yo el sobrino —mi primo, que aún no había logrado borrar el remanente de sonrisa que sobrevivió a la carcajada.
                —Disculpe, no volverá a ocurrir —mi hermano de nuevo, zanjando el asunto.
                Las doce horas de velatorio que habíamos dejado atrás (faltaban otras doce hacia delante) habían sido un frenético catálogo de llantos, abrazos, idas, venidas y algún amago de crisis nerviosa hasta hacía poco más de dos horas. A eso de las diez todos se fueron marchando, nuestros allegados y los de las salas vecinas, y nos quedamos los familiares directos de los difuntos bajo aquella densa y pesada cortina de silencio que tan oportunamente acabábamos de rasgar.
                Llenamos los tres vasos (finalmente los pusimos bajo el chorro de café, a pesar de las indicaciones de mi hermano) y volvimos a la sala 4 del tanatorio, segunda planta, la última a la izquierda. Aún con alguna irreverente sonrisa surcando nuestros rostros, más aún si nos mirábamos, nos sentamos en el sofá frente al cristal donde exponían al viejo.
                Me pareció verlo sonreír a él también.